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Jesús vino para
perdonar nuestros pecados
< Mateo 3:13-17 >
“Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado
por él. Juan se oponía diciendo: ‘Soy yo quien debe ser por ti bautizado,
¿y vienes tú a mí?’ Pero Jesús le respondió: ‘Déjame hacer ahora,
pues conviene que cumplamos toda justicia’. Entonces Juan se lo
permitió. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y he aquí que se
abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma
y venir sobre él, mientras una voz del cielo decía: ‘Este es mi
hijo amado, en quien tengo mis complacencias.’”
Aunque los cristianos de hoy en día profesan su fe
en Jesús como su salvador, muchos de ellos no saben que Jesús es
el Señor que nos ha librado a todos nosotros de nuestros pecados
a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Es necesario, por
tanto, demostrarles mediante este Evangelio del agua y del Espíritu,
que Jesús es ciertamente su Salvador. Ya que todos nacemos como
pecadores, para limpiar nuestros pecados, todos debemos creer en
el Evangelio del agua y el Espíritu. En otras palabras, para ser
nacido de nuevo, ellos deben creer en el Evangelio del agua y el
Espíritu, y solamente cuando crean podrían conocer al Señor. El
poder o no recibir la remisión de nuestros pecados y ser nacidos
de nuevo depende de si conocemos y creemos en Jesucristo correctamente.
Para nosotros, la clave para encontrar la verdad de
la remisión del pecado es conocer y creer quién es el Señor y que
ha hecho el Señor. Cuando Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién
decís que soy?”, Pedro contestó diciendo: “Tú eres el Cristo,
el Hijo del Dios viviente”. Que Pedro confesara así su verdadera
fe sucedió porque había sido guiado y enseñado por Dios Padre para
llegar a este razonamiento.
Ahora, nosotros también debemos alcanzar el correcto
conocimiento del Evangelio del agua y el Espíritu, y como Pedro,
debemos ser capaces de hacer la verdadera confesión de fe a nuestros
Señor. Lo que todos debemos entender es la necesidad de reconocer
y creer que el bautismo y el derramamiento de sangre en la Cruz
de Jesús fueron exactamente el sacrificio que nuestro Señor hizo
para cargar con nuestros pecados y ser condenado por esos pecados.
Si creemos esto, podemos ser completamente liberados de todos nuestros
pecados.
La Palabra de Dios está dividida en dos partes: el
Antiguo y el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento es el cumplimiento
de las profecías prometidas en el Antiguo Testamento. Y también
es el testimonio de anunciación profética del nuevo mundo por venir,
que el Señor ha prometido a Sus discípulos. El Antiguo Testamento
es también la verdadera Palabra de Dios que recoge la profecía de
la salvación de la humanidad, que dice que el Hijo de Dios vendría
a la tierra, y tal y como se hacía la imposición de manos en el
sacrificio de expiación del Antiguo Testamento y al derramar su
sangre, Él tomaría todos los pecados del mundo sobre sí mismo de
una vez al ser bautizado por Juan, derramar Su sangre en la Cruz;
y de ese modo salvar a todos los pecadores del mundo de sus pecados.
A través del sacrificio de la redención manifestado en el Tabernáculo,
nuestro Señor nos ha revelado que Él es el Salvador que cumpliría
esta promesa, y que de hecho Él ha la ha cumplido. Dicho de otra
manera, el Antiguo Testamento entero es llevado a cabo exactamente
a través del Nuevo Testamento por nuestro Señor Jesucristo.
Jesús nos ha dado el verdadero Evangelio del agua
y el Espíritu para que cuando creamos en Él como nuestro Salvador,
podamos todos entender correctamente que el Salvador que ha de venir,
profetizado en el Antiguo Testamento, es de hecho nuestro Señor
Jesucristo.
El sacrificio de la redención en el Antiguo Testamento
fue el trampolín de la Revelación de Dios para alcanzar completamente
la verdad de Su salvación, y nos ayuda a recibir infaliblemente
la remisión de nuestros pecados al entender y cree en el Evangelio
del agua y el Espíritu. Jesús nos ha permitido darnos cuenta de
por qué tuvo que ser bautizado por Juan el Bautista, y cómo, por
causa de este bautismo, tuvo que derramar Su sangre en la Cruz.
Sólo cuando alcanzamos el conocimiento correcto de esta verdad evangélica
podemos ser salvados y convertirnos en el pueblo de Dios. La verdad
evangélica del agua y el Espíritu que Jesús nos ha dado es lo que
nos permite entender correctamente y creer en Sus ministerios públicos
de salvación.
Estos son los ministerios
del agua y el Espíritu que Jesús cumplió cuando vino a la tierra
La palabra más importante del Nuevo Testamento es
esta: Al venir a la tierra, Jesús tomó todos los pecados del mundo
sobre sí mismo a través del bautismo que recibió de Juan, y así
ha pagado el precio del pecado con Su sangre. La vida y la muerte
de sus almas depende en si entienden correctamente y creen en este
Evangelio del agua y el Espíritu. Y, en realidad, los 39 libros
del Antiguo Testamento y los 27 del Nuevo Testamento describen detalladamente
esta verdad fundamental del Evangelio del agua y el Espíritu.
La ofrenda animal que se ofrecía en el Tabernáculo
del Antiguo Testamento por los pecados del pueblo de Israel podía
quitar todos sus pecados, ya que ellos tenían que poner las manos
sobre su cabeza y ofrecer su sangre y carne a Dios. Sólo al alcanzar
un conocimiento comparativo de este sacrificio de expiación del
Antiguo Testamento y el bautismo y derramamiento de sangre de Jesús
en el Nuevo Testamento, podemos entender correctamente la remisión
de nuestros pecados y creer en ella. En otras palabras, tal y como
un cordero o cabra que iba a ser sacrificado había aceptado las
iniquidades de los pecadores a través de la imposición de manos
del Sumo Sacerdote, Jesús aceptó los pecados del mundo al ser bautizado
por Juan el Bautista y derramó Su sangre en la Cruz.
Aunque no sepamos todos los detalles de la Biblia,
si llegamos a un conocimiento claro y concreto del bautismo y el
derramamiento de sangre de Jesús en el Nuevo testamento, comparado
con el sacrificio de expiación del Antiguo Testamento, podemos recibir
la remisión del pecado por la fe. Debemos creer en el Evangelio
del agua y el Espíritu para recibir la remisión del pecado que Dios
nos ha dado.
Jesús escribió el Evangelio del agua y el Espíritu,
como Palabra de Dios, que puede borrar todos nuestros pecados. Él
ha confiado el sacerdocio a los que creen en el Evangelio del agua
y el Espíritu, para que cualquiera en esta tierra pudiera limpiar
sus pecados mediante su fe. En el Antiguo testamento, este sacerdocio
era concedido solamente a los descendientes de Leví. Eran estos
descendientes de Leí a quienes se les concedía las tareas de intercesores
que borraban los pecados de los israelitas y cumplían el amor justo
de Dios. Así, nosotros, los que creemos en el Evangelio del agua
y el Espíritu debemos entender el sacrificio de expiación del Antiguo
Testamento, y de este modo llegar a un conocimiento más profundo
del bautismo de Jesús y su crucifixión para cumplir este sacerdocio
correctamente ante Dios en esta era del Nuevo Testamento.
Hace ahora 2004 años que Jesucristo nación en este
mundo. Este Jesús vino a la tierra como el Salvador y, al recibir
el bautismo de Juan y ser crucificado para derramar Su sangre, Él
ha borrado nuestros pecados para siempre. Por tanto, es justo que
el año del nacimiento de Jesús se convirtiera en el punto de referencia
cronológico de la historia del mundo. Esto simboliza el hecho de
que el principio de todas las cosas es Jesucristo, ya que, en cuanto
a nosotros se refiere, Jesucristo es Dios mismo quien creó el universo,
el Salvador que perdonó todos nuestros pecados mediante Su agua
y su sangre, y también se sitúa en el centro de la historia del
universo.
¿Nos habla el pasaje de las
escrituras de hoy sobre el traspaso de nuestros pecados?
En el pasaje de las escrituras de hoy está escrito:
“Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser
bautizado por él. Juan se oponía diciendo: ‘Soy yo quien debe ser
por ti bautizado, ¿y vienes tú a mí?’ Pero Jesús le respondió: ‘Déjame
hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia’. Entonces
Juan se lo permitió. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y he
aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender
como paloma y venir sobre él, mientras una voz del cielo decía:
‘Este es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias.’”
Todos nosotros somos descendientes de Adán, nacidos
con doce ingredientes de pecado desde el mismo día en que nacimos
en este mundo, y por tanto no teníamos ninguna otra opción que morir
por nuestros pecados y ser condenamos por ellos ante Dios (Marcos
7:21-23). No podíamos evitar vivir acobardados y morir sin esperanza
por causa de nuestros pecados; y todos estábamos destinados al terrorífico
fuego del Infierno. Sin embargo, Jesús nació en este mundo cuando
estábamos al borde de la eterna destrucción. Nació bajo una apariencia
humilde para salvar a la humanidad de todos los pecados del mundo.
El Señor vino a este mundo encarnado en la carne de un hombre para
librar a gente como ustedes y como yo de los pecados eternos del
mundo.
Cuando nuestro Señor cumplió 30 años, cargó con todos
los pecados del mundo al ser bautizado por Juan en el río Jordán.
Por aquel entonces, Juan el Bautista impartía su bautismo de arrepentimiento
a muchos israelitas que les hacía volver a Dios. Pero el bautismo
que Juan el Bautista le dio a Jesús fue para cumplir con toda justicia
de Dios. Fue un bautismo para pasar todos los pecados de este mundo
al cuerpo de Jesucristo, el Cordero de Dios.
Juan el Bautista era el representante de toda la humanidad
(Mateo 11:11). Y él fue el último profeta del Antiguo Testamento,
el representante bíblico legítimo que nació de entre la casa del
Sumo Sacerdote, y así, realizó su ministerio como el último sacerdote
de la era del Antiguo Testamento (Lucas 1:1-21). Por tanto, todos
nosotros debemos entender el ministerio de Juan el Bautista sin
falta antes de intentar entender el ministerio de Jesús. La verdad
es que Jesús aceptó todos los pecados del mundo a través de Su bautismo
recibido de Juan. Debemos entender esta verdad y creer en ella.
Sólo cuando alcanzamos un conocimiento en profundidad del ministerio
de Juan el Bautista podemos entenderlo en conexión con el ministerio
de Jesús y conocer a fondo la totalidad de la verdad de la remisión
del pecado, de la verdadera expiación.
El Antiguo y Nuevo Testamento hacen profundas profecías
y detalladas descripciones del ministerio de Juan el Bautista. Mateo
11:11 describe a Juan el Bautista así: “En verdad os digo que
entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan
el Bautista”. En los capítulos 3 y 4 del Libro de Malaquías
en el Antiguo Testamento fue profetizado que Dios mandaría a Elías.
Malaquías 4:5 dice: “He aquí que enviaré a Elías el profeta antes
que venga el día de Yahvé, grave y terrible”; seguido del verso
6: “Él convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el
corazón de los hijos a los padres, no sea que venga yo y entregue
la tierra toda al anatema”. La Biblia nos enseña que este Elías
sobre quien se profetizó en el Libro de Malaquías en el Antiguo
Testamento era nada más ni nada menos que Juan el Bautista que pasó
los pecados de la humanidad, los pecados del mundo, a Jesús a través
de Su bautismo.
En el Nuevo Testamento, Jesús mismo dijo de Juan el
Bautista que “entre los nacidos de mujer no ha nacido uno más
grande que Juan el Bautista” y “él es Elías que ha de venir”
(Mateo 1:11-12). ¿Cuál es, entonces, el papel que Juan el Bautista
desempeñó cuando Él vino a este mundo? Como representante de la
humanidad, Juan el Bautista fue el que pasó los pecados del mundo
a Jesús al bautizarle. Él fue quien cumplió el ministerio que volvió
los corazones de los pecadores hacia Dios, así como el que bautizó
a Jesús para pasar los pecados del mundo a Él. Al haber nacido de
la casa de Arón, el Sumo Sacerdote, por la Providencia de Dios,
Juan el Bautista estaba cualificado para llevar a cabo las tareas
del Sumo Sacerdote (Lucas 1:1-10). Por tanto, Juan el Bautista fue
el que cumplió su tarea sacerdotal de pasar los pecados de todos
a Jesús a través de Su bautismo.
Juan tuvo que venir al mundo para pasar los pecados
del mundo a Jesús mediante Su bautismo. Y Juan el Bautista fue quien
reprendió a la gente que se había separado de Dios y testificó que
Jesucristo es el Hijo de Dios, el Cordero de la expiación que perdonaría
los pecados del mundo con Su bautismo y el derramamiento de Su sangre.
Jesús cumplió la profecía sobre la imposición de manos sobre la
cabeza del sacrificio expiatorio escrita en el Libro de Levítico
(Levítico 1:3-5) al ir a Juan el Bautista como el sacrificio expiatorio
que haría desaparecer los pecados del mundo y al ser bautizado por
él.
Por eso Juan el Bautista tuvo que bautizar a Jesús
y pasarle los pecados del mundo, y de ese modo cumplir la justicia
de Dios, la voluntad de Dios Padre. Jesús era el Cordero de Dios
que aceptó los pecados de todo el mundo al ser bautizado por el
hombre más grande nacido de mujer. En otras palabras, Jesús fue
bautizado por Juan el Bautista porque Él quiso aceptar los pecados
de este mundo de una vez por todas.
Cuando Jesús estaba impartiendo el bautismo de arrepentimiento
al pueblo de Israel, Jesús vino a él y le dijo: “Déjame hacer ahora,
pues conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15). Para cargar
con todos los pecados del mundo, Jesús tuvo que recibir el bautismo
a manos de Juan el Bautista, ya que fue a través del bautismo que
tomó todos los pecados del mundo sobre sí mismo. Al cargar así con
todos los pecados del mundo a través de su bautismo recibido de
Juan el Bautista, y al ser crucificado para derramar Su sangre y
levantarse de entre los muertos al tercer día, Jesús se ha convertido
en el Salvador eterno.
Entonces, Jesús fue bautizado porque era conveniente
para Él cumplir la voluntad de Dios Padre (Mateo 3:15). Y fue por
la voluntad de Dios Padre que Juan el Bautista le bautizó. En otras
palabras, Jesús recibió la imposición de manos espiritual y derramó
Su sangre como en el sacrificio expiatorio del Antiguo Testamento.
En Levítico 16, podemos ver que dos cabras expiatorias aceptaban
los pecados anuales del pueblo de Israel a través de la imposición
de manos por el Sumo Sacerdote. Del mismo modo, Jesús aceptó todos
los pecados del mundo de una vez por todas a través del bautismo
que recibió de Juan el Bautista y derramó Su preciosa sangre en
la Cruz. Jesús es, por tanto, el Salvador de la humanidad que tomó
sus pecados sobre Su cabeza al ser bautizado.
Jesús es el Hijo unigénito de Dios Padre y el Sumo
Sacerdote celestial del Reino de Dios. Así, para que Juan el Bautista,
el representante de la humanidad, pudiera cumplir su sacerdocio,
como Sumo Sacerdote terrenal, tuvo que conocer a Jesús, el Sumo
Sacerdote del Reino de los Cielos, y cumplir toda justicia de Dios
Padre. A través del bautismo de Jesús, el amor justo de Dios se
hizo realidad.
¿Quién, entonces, es más grande Jesús o Juan? Por
supuesto, Jesús, el Sumo Sacerdote celestial es más grande que Juan
el Bautista. Jesús es más exaltado que ningún otro, puesto que Él
es Dios mismo, que creó el universo entero, y que es además el Hijo
de Dios que vino al mundo para salvar a la humanidad de los pecados
del mundo. Jesús vino al mundo y fue bautizado por Juan el Bautista
para salvar a la humanidad de los pecados del mundo. Jesús no es
una mera criatura como nosotros.
En el bautismo que Jesús recibió de Juan está presente
la obra especial de Dios. Cuando Jesús fue a Juan el Bautista para
ser bautizado, Juan le dijo a Jesús: “Soy yo quien debe ser por
ti bautizado, ¿y vienes tú a mí?”. Como podemos ver, al principio
Juan se negó a pasar todos los pecados a Jesús bautizándole; pero
al final no pudo resistirse, puesto que Jesús mismo quería ser bautizado
por él y, de ese modo, cargar con todos los pecados del mundo. Entonces
Jesús ordenó a Juan que le bautizara, diciendo: “Déjame hacer
ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15).
Antes de que Jesús fuera bautizado por Juan el Bautista,
tanto los gentiles como los judíos tenían pecados en sus corazones
y por tanto no podían evitar ser condenados y destruidos por sus
pecados. Sabemos muy bien que todos somos seres frágiles que no
pueden evitar ser destruidos por pecar contra Dios en este mundo.
Por eso Jesús tomó todos los pecados del mundo al ser bautizado
por Juan. Nuestro Señor tuvo que cumplir esta obra a través de Juan
el Bautista. Para que Jesús pudiera tomar todos los pecados de esta
gente sobre sí mismo, él tuvo que recibir de Juan el bautismo que
pudiera cumplir toda justicia de Dios.
“Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos
toda justicia” (Mateo 3:15). Aquí, “toda justicia” es
(pasan
dikaiosunen) en griego. Esta palabra “dikaiosune” quiere decir
“el estado más justo” o “justicia”.
Como en el sacrificio expiatorio del Antiguo Testamento
había perdonado todos los pecados de los israelitas al cargar con
todos ellos; en el Nuevo Testamento Jesús borró todos los pecados
de la humanidad entera al venir a la tierra y cargar con todos los
pecados al ser bautizado por Juan. Básicamente, Jesús vino a este
mundo como el Cordero de Dios, y convirtiéndose así en el sacrificio
expiatorio por nuestros pecados, nos ha librado de los pecados de
este mundo. La razón por la que el Salvador se hizo hombre y buscó
ser bautizado por Juan el Bautista, reside en el cumplimiento de
esta justicia de Dios.
Jesús dijo: “Déjame hacer ahora, pues conviene
que cumplamos toda justicia”. Esto significa espiritualmente:
“Me conviene tomar los pecados de todo el mundo de una vez por todas
al ser bautizado por ti y borrarlos todos”. Esto también significa
que el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista fue el cumplimiento
de la imposición de manos del Antiguo Testamento, que, a la vez
significa que Jesús, en realidad, aceptó los pecados de la humanidad
de una vez por todas. Por tanto, todos nosotros debemos tener la
fe que conoce y creer en esta verdad manifestada en el bautismo
que Jesús recibió. Debemos conocer el resultado del bautismo que
Jesús recibió de Juan el Bautista y Su derramamiento de sangre en
la Cruz, y debemos entender y creer esto correctamente.
La iglesia presbiteriana da una versión resumida del
bautismo, en que sus seguidores son bautizados, no por inmersión
completa en el agua, sino rociando con agua en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo. En las Sagradas Escrituras, este
tipo de bautismo se da en las regiones con escasez de agua, como
por ejemplo en las zonas desérticas. Así fue como, por ejemplo,
Felipe bautizó al eunuco etiope. Pero cuando Jesús fue bautizado
por Juan, el agua del río Jordán le llegaba a la cintura. En el
bautismo que Jesús recibió de Juan, éste puso sus dos manos sobre
la cabeza de Jesús, sumergiéndole en el agua y después sacándole
de nuevo. Este bautismo era el mismo que en la imposición de manos
del Antiguo Testamento, en que el Sumo Sacerdote había pasado los
pecados de los israelitas al poner sus dos manos sobre la cabeza
del sacrificio. El bautismo que Jesús recibió de Juan fue el bautismo
a través del cual Él aceptó los pecados del mundo para cargar con
todos ellos.
¿Qué significa el hecho de que Juan el Bautista pusiera
sus manos sobre Jesús para bautizarle? En el Antiguo Testamento,
el ritual de imposición de manos se realizaba en los siguientes
casos: 1) para pasar los pecados de uno mismo al sacrificio expiatorio
(Levítico 1:1-10; 4:1-25); 2) para consagrar a los siervos de Dios
(Números 8:10; 27:18); y 3) para devolver la blasfemia al blasfemo
(Levítico 24:14).
Fuese el caso que fuese, “la imposición de manos”
era la manera de “pasar algo a”. Cuando un siervo es consagrado
como pastor, por ejemplo, los pastores mayores imponen sus manos
sobre su cabeza, simbolizando que los poderes y regalos que Dios
les ha dado, se han pasado al nuevo pastor también. Esto significa
que a través de la imposición de manos, todos los regalos y el poder
que habían sido concedidos a los pastores mayores, son ahora conferidos
también al nuevo pastor.
Sin embargo, el caso más típico de la imposición de
manos era el del sacrificio expiatorio, que se llevaba a cabo para
pasar los pecados al animal del sacrificio. Y paralelamente, Juan
el Bautista puso sus manos sobre la cabeza de Jesús para pasarle
todos los pecados del mundo. Por eso, incluso hoy en día, cuando
los pastores bautizan a los creyentes, siempre ponen sus manos sobre
sus cabezas. ¿Por qué se hace esto? Es una prueba de su fe, para
demostrar que creen que Jesús cargó con los pecados del mundo a
través de su bautismo, que sean bautizados.
Como Salvador, Jesús tomó los pecados del mundo sobre
sí mismo al ser bautizado por Juan el Bautista, el representante
de toda la humanidad. Esto era lo mismo que el Sumo Sacerdote del
Antiguo Testamento pasando los pecados del pueblo de Israel al sacrificio
expiatorio a través de la imposición de manos sobre su cabeza (Levítico
16:11).
Al ser bautizado por Juan el Bautista, representante
de la humanidad, Jesús fue inmerso en el agua y después salió de
ella. En el plano espiritual, esto simboliza el hecho de que al
haber tomado todos nuestros pecados del mundo de una vez por todas
al ser bautizado por Juan, Él moriría en la Cruz al final, se levantaría
de entre los muertos, y de ese modo se convertiría en el perfecto
Salvador. Esto nos dice que Jesús aceptó los pecados del mundo a
través de Su bautismo, cargó con nuestros pecados, y fue condenado
por todos los pecados al derramar Su sangre en la Cruz.
Resumiendo, el bautismo de la imposición de manos
implica que Él aceptó los pecados del mundo, Su inmersión en el
agua simboliza Su muerte en la Cruz, y el salir del agua indica
su Resurrección. Por todos nosotros, en otras palabras, Jesús ha
cumplido la justicia de Dios al satisfacer los requisitos de la
ley del pecado y la muerte que nosotros teníamos que afrontar. Por
eso la Biblia dice: “Pues lo que a la Ley era imposible, por
ser débil a causa de la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en
carne semejante a la del pecado y por el pecado, condenó el pecado
a la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros,
los que no andamos según la carne, sino según el Espíritu” (Romanos
8:3-4).
En ese momento, cuando Jesús salió del agua, Dios
Padre abrió las puertas del Cielo y dijo: “Este es mi hijo amado,
en quien tengo mis complacencias” (Mateo 3:17). Dios había planeado
perdonar todos los pecados de la humanidad a través de Su Hijo antes
de la Creación. Y esta obra la cumplió Su Hijo al venir a la tierra,
tomar los pecados de la humanidad sobre sí mismo al ser bautizado
por Juan, derramar Su sangre, y de ese modo librar a Sus creyentes
del pecado perfectamente. Al ser bautizado y derramar Su sangre,
nuestro Señor cumplió la voluntad de Dios de una vez por todas.
Por tanto, cuando Jesús obedeció la voluntad de Dios
al tomar todos los pecados de la humanidad sobre sí mismo a través
de Su bautismo, Dios Padre estaba contento con Su Hijo Jesús, diciendo:
“Este es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias”.
Por eso los cristianos debemos creer en el bautismo que Jesús recibió
de Juan, así como en la sangre que Jesús derramó en la Cruz como
condena por todos nuestros pecados. Por eso Dios Padre abrió las
puertas del Cielo y dijo que El que estaba siendo bautizado en ese
momento ere Su Hijo, en quien tenia Sus complacencias.
“He aquí el cordero de
Dios que quita el pecado del mundo”
Ahora, pasando a Juan 1:29, ustedes y yo debemos entender
la prueba que demuestra que Jesús tomó los pecados del mundo de
una vez por todas al ser bautizado por Juan el Bautista, y debemos
creer esto con todo nuestro corazón. Juan Bautista, viendo a Jesús
a quien había bautizado, viniendo hacia él el día después de Su
bautismo, testificó: “He aquí el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo”.
Dicho de otra manera, Juan testificó: “Nadie más que
Jesús, el mismísimo Salvador de la humanidad, el Salvador que aceptó
todos los pecados mediante Su bautismo y que derramó Su sangre por
ellos”. Al día siguiente, viendo a Jesús de nuevo, Juan testificó
una vez más: “He aquí el cordero de Dios”. Puesto que Jesús
había sido bautizado por Juan el Bautista, y ahora había aceptado
todos los pecados del mundo, tenía que ser crucificado y derramar
su sangre. Por eso Juan el Bautista dijo: “He aquí el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo”.
Debemos entender la frase el pecado del mundo y decidir
si creemos o no en la verdad de Su bautismo. ¿Cuál es el correcto
conocimiento de los pecados de este mundo? Mucha gente generalmente
piensa que “mundo” aquí, de manera temporal, sólo comprende su propio
pequeño mundo —es decir, todo lo que han conocido desde que
nacieron hasta su presente. Pero el conocimiento exacto de los pecados
del mundo requiere que consideremos el mundo aquí como el tiempo
que lo abarca todo desde el principio del universo hasta su fin.
Me contaron una vez que existe una clase de mosca
que vive como mucho un día. Para tales insectos, vivir 12 horas
significa vivir media vida. Si vivieran un poco más, se encontrarían
en su ocaso, y si vivieran hasta 24 horas, hubieran vivido su vida
entera. Entonces, naturalmente, el concepto del “mañana” no tiene
sentido para ellos.
Del mismo modo, puesto que sólo vivimos entre 70 y
80 años, no tenemos un conocimiento exacto de conceptos como “eternidad”
o “infinidad”. Sin embargo, nuestro Señor, el Dios Todopoderoso,
nos dice: el mundo es el tiempo desde el principio del universo
hasta el día en que termine. En otras palabras, nuestro concepto
del tiempo es definitivamente diferente al concepto temporal del
mundo del que Dios nos está hablando aquí. El tiempo del mundo del
que nuestro Señor nos está hablando es mucho más extenso que nuestra
concepción.
Nuestra fe debe basarse en la Palabra de Dios —es
decir, debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu escrito
en la Palabra de Dios. Por tanto si consideramos lo que Juan dijo—“El
cordero de Dios que quita el pecado del mundo” —o lo que nuestro
Señor mismo dijo— “Pues conviene que cumplamos toda justicia”—
debemos entender que Jesús tomó los pecados de todos los hombres
a través de Su bautismo y los llevó a la Cruz; nosotros debemos
creer esto con nuestros corazones.
¿Cuándo cargó Jesús con los pecados de este mundo?
Jesús tomó los pecados del mundo sobre sí mismo de una vez por todas
cuando aceptó todos los pecados al ser bautizado en el río Jordán
por Juan. En el original griego aparece la palabra “hutos gar”,
que significa “sólo de esta manera”, o “no hay otra manera aparte
de esta”. Esto demuestra que Jesús tomó irreversiblemente los pecados
del mundo sobre sí mismo a través del bautismo que recibió de Juan.
En otras palabras, Jesús pudo redimir los pecados del mundo, sin
falta, sólo cuando fue bautizado por Juan. Debemos, entonces, comprender
invariablemente el bautismo de Jesús y su derramamiento de sangre
como la remisión de nuestros pecados y creerlo así.
Con este método de pasar los pecados del mundo a Jesús,
al imponer Juan el Bautista sus manos sobre la cabeza de Jesús,
Él tomó todos los pecados del mundo sobre sí mismo de una vez, derramó
Su sangre, y de ese modo completó nuestra expiación para la perfección.
Este era el fin del bautismo de Jesús. Entendemos que en el Antiguo
Testamento, la imposición de manos en el sacrificio expiatorio y
su derramamiento de sangre significaba la expiación de los israelitas.
Igualmente, debemos creer que a través de Su bautismo, Jesús borró
los pecados de todos los hombres al aceptar los pecados los pecados
del mundo, y que hemos sido santificados de una vez a través del
sacrificio del cuerpo de Cristo (Hebreos 10:10).
La palabra bautismo, greek.jpg (baptisma),
en griego, significa ser sumergido. Por tanto, bautizar significa
literalmente sumergir debajo del agua. Para ser precisos, significa:
1) limpiar mojando o sumergiendo, lavar, limpiar con agua, lavarse,
o bañar; 2) abrumar; 3) enterrar; 4) pasar.
Aquí reside la razón por la que ustedes deben entender
el Evangelio del agua y el Espíritu correctamente y creer en él.
En primer lugar, todos sus pecados fueron pasados a Jesús a través
del bautismo que recibió de Juan. Puesto que Jesús aceptó todos
nuestros pecados del mundo a través de Su bautismo, todos aquellos
que creen en esto están ahora sin pecado. Ya que Jesús al ser bautizado
ha borrado todos los pecados del mundo, ya no puede haber más pecado.
Jesús era el cordero de Dios que quitó el pecado del mundo. Estos
pecados del mundo incluyen todos los pecados que hayan cometido
y los que cometerán; desde los que cometieron en su infancia hasta
su edad adulta, y los que cometerán hasta el día en que mueran.
Al ser bautizado por Juan, Jesús cumplió toda justicia, cargando
con todos estos pecados y llevándolos a la Cruz.
En segundo lugar, el significado de lavar denota que
al pasar los pecados del mundo a Jesús con Su bautismo, todos esos
pecados fueron borrados. En tercer lugar, el significado de entierro
implica que cuando los pecados del mundo estaban en nosotros, teníamos
que cumplir la condena del pecado y ser echados al fuego del Infierno;
pero cuando nuestros pecados habían sido pasados a Jesús a través
de nuestra fe en Su bautismo, Jesús tuvo que morir por nuestros
pecados en nuestro lugar. Por eso Jesús fue bautizados en lugar
nuestro, fue crucificado y sangró hasta morir en lugar nuestro,
fue enterrado en lugar nuestro, y resucitó de entre los muertos.
Al ser así bautizado, crucificado y enterrado; al levantarse de
entre los muertos; al estar sentado a la derecha de Dios Padre;
y al permitir que todos los pecadores lleguen a conocer el Evangelio
del agua y el Espíritu, Jesús ha hecho posible que todo el que cree
en esto reciba la remisión de sus pecados simplemente por fe.
Cuando somos salvados al creer en Jesús como el Salvador,
en Su bautismo y Su sangre en la Cruz, entonces podemos convertirnos
realmente en los hijos de Dios. Para nosotros, esto significa que
nuestros pecados fueron pasados a Jesús. Puesto que Jesús fue bautizado
por Juan y derramó Su sangre en la Cruz, nuestros pecados ya no
están en nosotros. Todos nuestros pecados, desde los cometidos en
nuestra infancia hasta los cometidos en la edad adulta, y hasta
el día en que muramos, fueron pasados en su totalidad al cuerpo
de Jesús y ya han sido condenados. Debido a que todos nuestros pecados
fueron pasados a Jesús, Él derramó Su sangre en la Cruz en lugar
nuestro, murió y se levantó de entre los muertos, y nos ha dado
así una nueva vida.
Entonces, si creemos en Jesús como el Salvador, todos
podemos estar sin pecado. Aquellos de ustedes que a partir de ahora
conozcan el Evangelio del agua y el Espíritu, lo entiendan, y crean
en él de todo corazón, serán justos. Ya no son pecadores. Ahora
son justos. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu pueden
hacerse justos. No podemos alcanzar nuestra salvación mediante nuestros
propios esfuerzos, ya que continuaríamos siendo insuficientes y
pecando; pero el Señor ha borrado todos nuestros pecados a través
del bautismo que Él recibió de Juan y la sangre que derramó en la
Cruz. Entonces, al saber la verdad la salvación llega a nuestros
corazones.
El Evangelio del agua y el
Espíritu demostrado por el sacrificio expiatorio del Tabernáculo del
Antiguo Testamento
En primer lugar, permítanme describir la disposición
física del Tabernáculo del Antiguo Testamento. El Tabernáculo en
sí era una estructura relativamente pequeña, pero estaba rodeado
por un patio externo cercado por pilares y velos de lino tejido.
Había una puerta en este patio, y pasando la puerta, al acercarse
al Tabernáculo, se encontraba el altar para los holocaustos, y la
pila de bronce situada después del altar. El Tabernáculo en sí mismo,
estaba dividido en dos partes: el lugar santo y el santísimo. Las
puertas de esta casa de Dios (una para el lugar Santo y otra para
el Santísimo), así como la puerta del patio, estaban todas tejidas
de hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino.
¿Por qué hizo Dios todas las puertas del Tabernáculo
tejidas con estos hilos azules, púrpuras y escarlata, y lino fino?
Para predecir, a través de ellas, cómo vendría Jesús a esta tierra,
tomando los pecados del mundo sobre sí mismo de una vez por todas
mediante el bautismo que recibiría de Juan, su crucifixión y derramamiento
de sangre. Al ser bautizado por Juan el Bautista y ser crucificado
por los pecados del mundo, Jesús tomó su propio cuerpo como un sacrificio
expiatorio para nosotros.
Al creer en Jesús como el Salvador, y al creer en
la Palabra que nos dice que Jesús, que se convirtió en el hilo azul,
púrpura escarlata, tomó todos los pecados del mundo sobre sí mismo
al ser bautizado, podemos de una vez ser librados de todos nuestros
pecados, por la fe. Jesús utilizó este hilo azul, púrpura y escarlata,
y lino fino tejido para la puerta del Tabernáculo para decirnos
que Él es el Rey de reyes, y que nos ha salvado de nuestros pecados
al ser bautizado y crucificado. El hilo azul, púrpura y escarlata,
y el lino fino tejido, son nada más y nada menos que el prototipo
de la salvación, que nos dice que el Señor nos ha salvado perfectamente
(1 Pedro 3:21).
Por eso si abriéramos la puerta del patio del Tabernáculo
y entrásemos, veríamos la pila de bronce detrás del altar de los
holocaustos. El altar de los holocaustos enseña la ley de la justicia
de Dios anterior a Su ley de la salvación, porque “está señalado
que los hombres mueran una vez, y después de esto el juicio”. Mediante
el altar de los holocaustos, en otras palabras, Dios nos mostró
de antemano que seríamos condenados por nuestros pecados. Si realmente
creemos en Jesús como el Salvador, debemos darnos cuenta que en
el Antiguo Testamento, para que los israelitas fueran salvador de
sus pecados y de la condena de los pecados, ellos tenían que pasar
sus pecados al sacrificio expiatorio y sacrificarlo ante el altar.
De igual modo, Jesús tomó los pecados del mundo sobre
sí mismo de una vez por todas al ser bautizado por Juan, y así pudo
ser crucificado y derramar Su sangre por nosotros. Al venir a esta
tierra, nuestro Señor cargó con nuestros pecados al ser bautizado
por Juan el Bautista y cargó con la condena del pecado de una vez.
Resumiendo, al ser bautizado, derramar Su sangre, y resucitar de
entre los muertos para salvarnos de nuestros pecados y la condena,
Jesús se convirtió en nuestro Salvador verdadero.
¿Dónde se encuentran ahora
nuestros pecados personales?
¿Qué debemos entonces hacer con nuestros pecados personales
que continuamos cometiendo diariamente mientras vivimos? Hermanos
y hermanas, si recordamos diariamente que todos nuestros pecados
fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado en el río Jordán, es
decir, si continuamos creyendo en la Palabra del Evangelio del agua
y el Espíritu con todo nuestro corazón, permaneceremos sin pecado.
¿Por qué? Porque Jesús, sabiendo que pecaríamos todos los días,
tomó todos los pecados del mundo al ser bautizado por Juan, los
llevó a la Cruz, derramó Su sangre, se levantó de entre los muertos,
y borró todos los pecados de una vez por todos.
Sin embargo, esta verdad de salvación, el Evangelio
del agua y el Espíritu, es sólo efectiva cuando verdaderamente la
entendemos y creemos de todo corazón. Podemos estar perfectamente
sin pecado tan sólo recordando y creyendo que todos nuestros pecados
fueron pasados a Jesús y borrados cuando Él fue bautizado por Juan,
ya que pecamos cada día. Hemos sido limpiados de todo pecado original
y personal por nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Queridos hermanos cristianos, si quieren ser redimidos
de todos sus pecados, deben entender y creer que todos sus pecados
fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado. Y deben siempre meditar
sobre la Palabra del verdadero Evangelio, especialmente cuando cometan
pecados reales. Sólo entonces pueden sus corazones estar limpios,
y sólo entonces pueden estar cualificados para servir las obras
justas de Dios. El Evangelio del agua y el Espíritu consiste en
que nuestros pecados fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado
por Juan, y en que Él fue condenado por ellos en la Cruz. Es a través
del Evangelio del agua y el Espíritu como la Biblia nos habla de
la remisión del pecado.
Todos nosotros debemos creer en la Palabra de Dios
y considerarla como la verdad. Si creen en el Evangelio del agua
y el Espíritu, es imposible que tengan ningún pecado. Si realmente
creemos en Jesucristo como el Salvador, entonces somos la gente
de fe que cree que Jesús de una vez por todas tomó todos los pecados
de este mundo sobre sí mismo, cualesquiera que sean, a través del
bautismo que recibió de Juan. El bautismo que Jesús recibió de Juan
nos ha hecho estar sin pecado, tal y como el Libros de Romanos nos
dice: “Pues como, por la desobediencia de un solo hombre muchos
se constituyeron en pecadores, así también, por la obediencia de
uno, muchos se constituirán en justos” (Romanos 5:19).
Mientras vivimos en este mundo, pecamos cada día.
¿Han sido ya todos sus pecados pasados a Jesús? Todos sus pecados
fueron pasados al cuerpo de Jesús hace mucho tiempo, más de 2000
años atrás. ¿Fueron también pasados a Jesús los pecados que cometeremos
en el futuro a causa de nuestra debilidad? Y, ¿fue Él condenado
por ellos también? Sí, eso es cierto.
¿Significa esto que está bien que cometamos a nuestro
antojo todo tipo de pecados? No, esto no es así. Incluso los que
han nacido de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu
están, por supuesto, destinados a continuar pecando por causa de
su debilidad. No obstante, todavía pueden mantener sus corazones
limpios en todo momento al meditar sobre el Evangelio del agua y
el Espíritu. Las personas pecan más por causa de su debilidad que
de su propia voluntad.
Por tanto, cuando los que creen en el Evangelio del
agua y el Espíritu sufren debilidad, no pueden hacer otra cosa que
estar agradecidos al Señor aún más, renovando su fe en Su bautismo
y derramamiento de sangre, puesto que el Señor ha borrado todos
los pecados con Su bautismo y Su derramamiento de sangre en la Cruz,
y ha sido condenado por ellos. Ahora, ya no son prisioneros del
pecado, sino que difunden orgullosamente esta verdad a otros. Al
hacer esto, nuestros corazones se alegran todavía más.
¿Y ustedes qué? ¿Creen ustedes que para borrar todos
sus pecados, Jesús vino a este mundo, fue bautizado por Juan el
Bautista, derramó Su sangre hasta morir, y se levantó de entre los
muertos? Sí, damos gracias a Jesús que vino a borrar nuestros pecados
a la perfección. Y, de hecho, Él los ha hecho desaparecer por completo.
En el Tabernáculo del Antiguo Testamento, al entrar
por la puerta del patio y pasar al lado del altar de los holocaustos,
no encontraríamos con la pila de bronce. Aunque se especificaban
medidas y límites para todos los demás utensilios del Tabernáculo,
no había tales medidas para la pila de bronce. En el plano espiritual,
esto simboliza el hecho de que al ser bautizado y derramar Su sangre,
Jesús ha borrados todos nuestros pecados ilimitadamente. Igualmente,
la pila de bronce tiene la eficacia ilimitada de limpiar todos nuestros
pecados. Tiene el poder de lavarlos todos.
Esta pila estaba hecha de bronce, implicando que todos
nuestros pecados debían ser condenados. Pero contenía el agua donde
los sacerdotes se lavaban las manos y los pies. Esto nos dice que
el Señor ha lavado completamente los pecados del mundo al ser bautizado.
Cuando los sacerdotes del Antiguo Testamento ofrecían sacrificios
ante el altar de los holocaustos, se manchaban con todo tipo de
suciedad, desde sangre animal hasta heces, al matar los sacrificios
de expiación después de haber puesto las manos sobre ellos. Era
el agua de la pila la que utilizaban para limpiarse esa suciedad.
De este modo, esta pila de bronce insinúa el bautismo de Jesús que
ha lavado pecados sucios. Todos los pecados personales que cometemos
en este mundo han sido borrados a través del bautismo de Jesús.
Esto es lo que la pila de bronce revela. Al creer en esta verdad
podemos ser redimidos de todos nuestros pecados y vivir por siempre
con la conciencia tranquila.
¿Cuántas veces fue Jesús bautizado por Juan el Bautista
para aceptar los pecados de este mundo? Él fue bautizado una sola
vez. Al recibir el bautismo de Juan el Bautista una sola vez, Jesús
ha lavado para siempre todos los pecados de este mundo perfectamente.
¿Por qué fue bautizado una sola vez? Porque Jesús es el Hijo eterno
de Dios que tenía el poder de aceptar todos los pecados del mundo
desde su principio hasta el fin, de una vez por todas, a través
de Su bautismo. Como Jesús dijo: “Yo soy el alfa y el omega”, Él
es Dios, el Ser eterno. Puesto que Jesús es el Hijo del Dios viviente,
Él pudo cumplir Su eterna salvación de una vez por todas: Él vino
al mundo una vez; cargó con todos los pecados del mundo de una vez
al ser bautizado por Juan el Bautista una vez; fue crucificado y
derramó Su sangre una vez; y así limpió todos nuestros pecados de
una vez.
Debemos conocer la verdad del Evangelio del agua y
el Espíritu y creer en Jesús como el Salvador. Fue al ser bautizado
una vez como Jesús limpió los pecados del mundo. Sus pecados fueron
pasados a Jesús de una vez por todas cuando Él fue bautizado. Al
ser así bautizado una sola vez, Jesús cumplió la justicia de Dios
que borra todos los pecados del mundo. Deben aceptar que todos sus
pecados fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo. Y ustedes
deben creer esto. No tienen nada que perder por creer esto. Es a
través de nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, que
podemos recibir la remisión eterna de nuestros pecados.
Si se encuentran a ustedes mismo pidiendo perdón por
sus pecados cada día, entonces deberían saber que no han nacido
de nuevo todavía. Y ustedes deben entender la verdad del Evangelio
del agua y el Espíritu, y deben creer en Jesús como su verdadero
Salvador otra vez. Los pastores de todo el mundo que han malinterpretado
el bautismo de Jesús, deben volver a creer en Él de nuevo. Muchos
pastores no tienen el conocimiento adecuado del Evangelio del agua
y el Espíritu que ha limpiado sus pecados. ¿Cómo, entonces, creen
que es posible que ellos ayuden a otros a recibir la remisión del
pecado, cuando ellos mismos no la han recibido? Si, por casualidad,
han estado fingiendo ser santos mediante sus obras y su apariencia
carnal aunque sus corazones estén llenos de pecado, entonces son
meros religiosos hipócritas e hijos de la destrucción. La gente
no podría recibir la remisión del pecado con su ayuda.
Sin embargo, sus almas pueden ser liberadas de todos
sus pecados cuando puedan discernir la verdad de la salvación de
las falsas religiones del mundo con la fe que conoce y cree en el
Evangelio del agua y el Espíritu. Sólo cuando entiendan correctamente
el Evangelio del agua y el Espíritu, la Palabra de vida de Dios,
y crean en él correctamente en sus corazones, sus pecados podrán
ser borrados. Aunque mucha gente permanece inconsciente al hecho
de que los pecados del mundo fueran pasados a Jesús cuando fue bautizado
por Juan. Por tanto, ustedes mismos deben primero aceptar humildemente
el Evangelio del agua y el Espíritu. Jesús dijo: “pues conviene
que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15). Jesús cumplió la
justicia de Dios cuando fue bautizado. A través del bautismo que
Él recibió, Jesús aceptó todos los pecados del mundo. Con su bautismo,
todos sus pecados también fueron aceptados por Jesús.
¿No son ustedes la gente de este mundo? Por supuesto
que lo son. ¿No están sus pecados incluidos en los pecados del mundo?
Por supuesto que lo están. Una vez acepten esto, podrán ser liberados
a través de la verdad de que Jesús cargó con todos sus pecados al
ser bautizados. Aceptar que son pecadores destinados a ser condenados
por sus pecados es el trampolín que lleva a darse cuenta de que
su único Salvador es Cristo.
¿Han entrado en Cristo? O, ¿están todavía situados
fuera de Cristo? Deben saber con claridad dónde se encuentran. Ustedes
son la gente de este mundo. ¿Fueron sus pecados pasados a Jesús
o no? Sí, lo fueron. ¿Admiten, entonces, que los cristianos que
dice: “Señor, todavía soy un pecador” no son los santos nacidos
de nuevo? A pesar de creer en Jesús, no entienden que nuestros pecados
fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo, y como resultado
confían sólo en la sangre en la Cruz, y sufren cada día, pidiendo
a Dios que perdone sus pecados.
No obstante, ¿qué nos dijo el Apóstol Pablo? Él nos
dijo: “Estad, siempre gozosos y orad sin cesar. Dad en todo gracias
a Dios, porque tal es su voluntad en Cristo respecto a vosotros”
(1 Tesalonicenses 5:16-18). Entonces, si nos aferramos al Señor
lamentándonos, pidiéndole constantemente que perdone nuestros pecados,
lo único que estamos haciendo es blasfemar Su bautismo y derramamiento
de sangre, incluso cuando profesamos creer en Él. Esta clase de
fe es únicamente un insulto a Jesús.
¿Creemos todos nosotros en
el Evangelio del agua y el Espíritu?
Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Todos nuestros
pecados fueron pasados a Jesús en ese mismo momento de una vez por
todas. Habiendo aceptado los pecados del mundo a través de Su bautismo,
Jesús derramó Su sangre y murió en la Cruz. Y se levantó de entre
los muertos a los tres días y ahora está sentado a la derecha del
trono de Dios.
Es imperativo que primero sepamos si Jesús tomó los
pecados del mundo, incluyendo sus pecados, cuando Él fue bautizado,
o no. Al entender el Evangelio del agua y el Espíritu y creer en
él, debemos responder a la salvación de Dios. Debemos responder
a lo que Dios hizo por nosotros diciendo: “¡Exacto!”. Cuando la
Biblia nos dice que el Señor tomó todos los pecados del mundo al
ser bautizado, debemos abandonar nuestros propios pensamientos y
responder a esto creyendo en la Palabra tal y como es. Si el Señor
no hubiera borrado sus pecados a través de Su bautismo, Su derramamiento
de sangre en la Cruz hubiera sido en vano. Debemos creer en el Evangelio
del agua y el Espíritu de todo corazón. El Señor ha borrado completamente
los pecados del mundo.
La fe y la salvación no dependen de sus propios esfuerzos.
Su salvación depende de si tienen o no la fe que cree en el Evangelio
del agua y el Espíritu que Jesús nos ha dado.
¿Reconocen ahora que el Evangelio del agua y el Espíritu
es el único evangelio verdadero? Y, ¿quieren admitir ahora esta
verdad en sus corazones? Entonces deben confesar lo siguiente: “Señor,
hasta hoy no sabía que Tú cargaste con los pecados del mundo de
una vez al ser bautizado; lo había entendido y creído mal. Pero
te doy gracias por hacerme ver, ahora, que había malinterpretado
Tu salvación. Ahora que he llegado a entender y conocer la verdad
del Evangelio del agua y el Espíritu, creo y te doy gracias por
ello”.
Ustedes también deben entender ahora el Evangelio
del agua y el Espíritu, darse cuenta que es por su propio bien,
y aceptarlo en sus corazones como tal. La fe se trata de aceptar
la salvación tal y como es en tu corazón, y esta es la fe basada
en el correcto conocimiento de Jesús, que te permite recibirle en
tus corazones. Y creer en esta verdad es la manera de convertirse
en hijos de Dios, la propia fe que te remite de todos tus pecados.
¿Cuál es su conocimiento del Evangelio del agua y el Espíritu? Y,
¿cómo cree en él exactamente?
Nuestro Señor dice: “Y conoceréis la verdad, y
la verdad os librará” (Juan 8:32). Debemos reconocer la verdad
del Evangelio del agua y el Espíritu tal y como es. Esta es la fe
que cree en Dios. Él nos saló de los pecados del mundo con Su agua
y Su sangre. Puesto que Él nos ha salvado de los pecados del mundo
con el agua y el Espíritu, aquellos que creen esto ante Dios nacerán
de nuevo en realidad.
¿Son todavía deudores?
Jesús dijo en Juan 3 que quien no naciere del agua
y el Espíritu, no puede entrar en el Reino de los Cielos, ni siquiera
verlo. Nacer de nuevo del agua y el Espíritu es solamente posible
cuando creemos en el bautismo de Jesús, Su sangre en la Cruz, y
la verdad de que Él es el Hijo de Dios y nuestro Salvador. ¿Creen
en el Evangelio del agua y el Espíritu?
Imaginemos que un hombre ha acumulado medio millón
de dólares en deudas. Los intereses sólo ya son demasiado para poder
pagarlos. Para la gente trabajadora, esta clase de deuda es imposible
de pagar con sus medios. Este hombre no pudo pagar la deuda y entonces
fue declarado insolvente y desapareció. Pero aunque haya huido a
otro lugar y trabaje duro para saldar su deuda, ¿será capaz de pagar
los intereses, sin hablar de la cantidad principal? Su acreedor,
mientras tanto, persigue a su fiador para recuperar el dinero, pero
el fiador no tiene medios para pagar tampoco. Entonces, el acreedor,
sin ninguna clase de escrúpulos, persigue a los padres, amenazándoles
de distintas maneras para obligarles a pagar. Los padres no pueden
soportar esta situación, y entonces pagan al acreedor, obteniendo
un recibo a cambio.
Habiendo pagado al acreedor, el padre empieza a buscar
al hijo, que sin duda estará sufriendo en cuerpo y alma. Buscó a
su hijo durante 10 años, pero no lo encontró. Un día, después de
pasados 12 años, el hijo vuelve finalmente, habiendo ahorrado algún
dinero. Lo primero que hace es ir al padre y decirle: “He ahorrado
$400.000, pero todavía me faltan $100.000. ¿Puedes prestarme esta
cantidad? Me quedaré contigo y trabajare duro para devolvértelo”.
Entonces el padre abrazó a su hijo lleno de lágrimas, diciéndole:
“¡Ya he pagado tu deuda! ¡No tienes nada de que preocuparte! ¡Cuánto
habrás sufrido todo este tiempo!” Mientras el padre le decía al
hijo que su suelda había sido saldada, el padre le enseñó el recibo.
El hijo está abrumado por la gratitud, pero al mismo
tiempo siente que ha sufrido innecesariamente, pensando para sí
mismo: “Durante 12 años he vivido como un esclavo, sin tener ni
un momento de paz, cuando en realidad no tenía por qué. He vivido
como un esclavo sin serlo en realidad. Simplemente no lo sabía.
Todo mi sufrimiento ha sido en vano”.
Queridos hermanos cristianos, aquellos que intentan
recibir el perdón de sus pecados por su propia cuenta, incluso cuando
Jesús ha redimido todos sus pecados a través de Su bautismo y Cruz,
son atormentados por el problema del pecado, como el caso de este
hijo.
Al ser bautizado, Jesús ha borrado nuestros pecados.
Él ya ha borrado todos nuestros pecados al ser bautizado, y ha cargado
con la condena del pecado al derramar Su sangre en la Cruz, y así
nos ha salvado. ¿Entienden esto ahora? Que eran esclavos de sus
pecados porque no sabían que Jesús borró todos sus pecados cuando
fue bautizado. Jesús, en verdad, borró todos sus pecados. Crean
esto.
“Ya no hay oblación por
el pecado”
“Pues como La ley sólo es la sombra de los bienes
futuros, no la verdadera realidad de las cosas, en ninguna manera
puede los sacrificios que cada año sin cesar le ofrecen, siempre
los mismo, perfeccionar a quienes los ofrecen. De otro modo cesarían
de ofrecerlos, por no tener conciencia ninguna de pecado los adoradores
una vez ya purificados. Pero en esos sacrificios cada año se hace
memoria de los pecados, por ser imposible que la sangre de los toros
y los machos cabríos borre los pecados.
Por lo cual, entrando en este mundo, dice:
‘No quisiste sacrificios ni oblaciones,
pero me has preparado un cuerpo.
Los holocaustos y sacrificios por el pecado
no los recibiste.
Entonces yo dije: Heme aquí que vengo —en
el volumen del Libro está escrito de mí—
para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad’.
Habiendo dicho arriba: ‘Los sacrificios, las ofrendas
y los holocaustos por el pecado no los quieres, no los aceptas,
siendo todos ofrecidos según la Ley’, dijo entonces: ‘He aquí que
vengo para hacer tu voluntad’. Abroga lo primero para establecer
lo segundo. En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados
por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una sola vez. Y
mientras que todo sacerdote asiste cada día para ejercer su ministerio
y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden
quitar los pecados, éste, habiendo ofrecido un sacrificio por los
pecados, para siempre se sentó a la diestra de Dios, esperando lo
que resta ‘hasta que sean puestos sus enemigos por escabel de sus
pies’. De manera que con una sola oblación perfeccionó para siempre
a los santificados. Y nos lo certifica el Espíritu Santo, porque
después de haber dicho: ‘Esta es la alianza que contraeré con vosotros’,
dice el Señor: ‘Después de aquellos días depositaré mis leyes en
sus corazones, y en su mente las escribiré, y de sus pecados e iniquidades
no me acordaré más’. Pues donde hay remisión, ya no hay oblación
por el pecado”.
Este pasaje dice que la Ley “sólo es la sombra
de los bienes futuros”. Del mismo modo que el pasar los pecados
anuales a través de la imposición de manos en el Antiguo Testamento
era cierto, también era cierto que Jesús vino a la tierra y tomó
todos nuestros pecados de una vez por todas al ser bautizado por
Juan. El Antiguo Testamento es la sombra del Nuevo Testamento. Las
sombras sólo existen cuando hay objetos reales que las proyectan.
De igual modo, la salvación de Dios, manifestada en
el sacrificio expiatorio del Antiguo Testamento, Se cumplió a través
del ministerio de Jesucristo. En el Antiguo Testamento, un sin fin
de corderos, cabras y palomas fueron sacrificados y ofrecidos a
Dios. Pero era imposible que la sangre de los toros y los machos
cabríos pudiera borrar completamente los pecados. La eterna remisión
del pecado tuvo que ser completada por Jesús, el Sumo Sacerdote
celestial. Por eso nuestro Señor vino a este mundo, fue bautizado
y derramó Su sangre por nosotros.
Refiriéndose a Jesús, el Libro de Hebreos declara
que Él es el Sumo Sacerdote celestial. En el Antiguo Testamento,
era el Sumo Sacerdote el que remitía los pecados de los israelitas
al ofrecer sacrificios a Dios en su nombre. De igual manera, nuestro
Señor vino como el Sumo Sacerdote celestial. “Heme aquí que vengo
—en el volumen del Libro está escrito de mí— para hacer,
¡oh Dios!, tu voluntad”. Jesús vino para hacer la voluntad de
Dios Padre.
¿Cuál creen que es la voluntad de Dios Padre? Es salvar
a todos los seres humanos de sus pecados. En realidad, no había
ni un solo ser humano en este planeta que pudiera hacer la voluntad
de Dios Padre. Había Uno que podía hacer la voluntad del Padre,
y este no era otros sino Jesús. Puesto que Jesús aceptó todos los
pecados de la humanidad y los borró por obediencia a la voluntad
de Dios Padre, el Padre puede ahora aceptar a aquellos que creen
en Su Hijo como Sus propios hijos. Esta era la voluntad de Dios
Padre. Su voluntad, en otras palabras, era borrar todos nuestros
pecados.
Siguiendo la voluntad de Dios Padre, Jesús vino a
esta tierra, tomó todos los pecados del mundo sobre sí mismo al
ser bautizado, derramó Su sangre y murió en la Cruz, y de ese modo
nos ha dado vida nueva. Por eso nuestro Señor dijo en Hebreos 10:9:
“Heme aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad”.
El verso 9 continúa diciendo: “Abroga lo primero
para establecer lo segundo”. El sacrificio expiatorio de la
Ley no podía dar la salvación eterna a la humanidad. Entonces Dios
ha dado salvación eterna a aquellos que creen en el Evangelio del
agua y el Espíritu, no en la Ley. ¿Podemos limpiar nuestros pecados
haciendo obras de caridad? ¿O acaso ofreciendo plegarias de arrepentimiento?
¿O dando grandes cantidades de dinero a nuestras iglesias? Nada
de esto puede borrar tus pecados. Simplemente no podemos recibir
la remisión de nuestros pecados a través de nuestras buenas obras.
Por eso nuestro Señor vino a la tierra para ser bautizado y derramar
Su sangre.
Hebreos 10:10 dice: “En virtud de esta voluntad
somos todos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo,
hecha una sola vez”. Al ser bautizado una sola vez, morir en
la Cruz una sola vez y levantarse de entre los muertos una sola
vez, Jesús se ha convertido en el Salvador de nosotros, los que
creemos en Él. Queridos cristianos, es imprescindible que se den
cuenta de que no pueden recibir la salvación de sus pecados a través
de la Ley. Pero una vez creáis en el agua y la sangre de Jesús,
y que Él es Dios mismo, podréis entrar en el Cielo.
Para hacer desaparecer todos nuestros pecados, Jesús
ofreció el eterno sacrificio con Su cuerpo al ser bautizado y al
derramar Su sangre. Al venir ala tierra, ser bautizado, morir en
la Cruz, y levantarse de entre los muertos, Él se ha convertido
en el eterno Salvador. ¿Fueron sus pecados pasados a Jesús para
siempre cuando Él fue bautizado? ¿Es por esto que Jesús dijo: “Todo
está acabado” justo antes de morir en la Cruz? ¿Ha puesto Dios Su
ley del Espíritu de la vida en nuestros corazones y ha borrado todos
nuestros pecados? ¿Está su fe puesta en el Evangelio del agua y
el Espíritu? ¿Al creer en este Evangelio, son ahora justos? O, ¿Son
todavía pecadores?
Todos ustedes son justos. Antes de oír la Palabra
de Dios, eran claramente todos pecadores, pero después de oírla,
os habéis hecho justos, y os habéis vestido del nuevo hombre que
incluso renueva en conocimiento (Colosenses 3:10). ¿Cómo podemos,
entonces, ser bautizados en Jesús? Creyendo en el justo ministerio
de Jesús de todo corazón, podemos ser bautizados con Él, morir con
Él, y ser traídos a la vida con Él. Este es el principio básico
de la fe que cree de todo corazón.
Queridos hermanos cristianos, aceptemos que no hay
otro camino para entrar en el Cielo que la fe; entendamos y creamos
todos en este bautismo de Jesús y Su sangre, en vez de afrontar
nuestra propia justicia; y al hacer esto, seamos todos limpiados
de nuestros pecados.
Con mi fe, doy infinitas gracias a Dios por el Evangelio
del agua y el Espíritu que Él nos ha dado a través de nuestro Señor.
Es mi más sincera esperanza y oración que todos y cada uno de ustedes
lleguen también a conocer y entender, sin falta, la verdad del Evangelio
del agua y el Espíritu revelado en Mateo 3:13-17, y creer en él
con todo su corazón, para que todos ustedes se conviertan en el
pueblo de Dios.
¡Que todas Sus bendiciones estén con ustedes!
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