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Los misterios del Reino de los Cielos les han sido revelados
< Mateo 13, 10-23 >
«Acercándoseles los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas
en parábolas? Y les respondió diciendo: A vosotros os ha sido dado
conocer los misterios del reino de los cielos; pero a ésos, no.
Porque al que tiene, se le dará más y abundará: y al que no tiene,
aun aquello que tiene le será quitado. Por esto les hablo en parábolas,
porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden; y se cumple
con ellos la profecía de Isaías, que dice:
“Cierto oiréis y no entenderéis, veréis y conoceréis. Porque
se ha endurecido el corazón de este pueblo, y se han hecho duros
de oídos, y han cerrado sus ojos, para no ver con sus ojos y no
oír en su corazón y convertirse, que yo los curaría”.
¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos,
porque oyen! Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos
y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.
Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador. A quien oye la
palabra del reino y no la entiende, viene maligno y le arrebata
lo que se había sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto
al camino. Lo sembrado en terreno pedregoso es el que oye la palabra
y desde luego la recibe con alegría; pero no tiene raíces en sí
mismo, sino que es voluble, y en cuanto se levanta una tormenta
o persecución a causa de la palabra, al instante se escandaliza.
Lo sembrado entre espinas es el que oye la palabra; pero los cuidados
del siglo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda
sin dar fruto. Lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra
y la entiende, y da fruto, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».
Para poder difundir el Evangelio del agua y el Espíritu,
debemos cumplir nuestro papel apoyando todos los ministerios para
difundir el Evangelio, debemos rezar más, y vivir por la fe. Si
queremos servir el Evangelio cien veces más que ahora, debemos practicar
nuestra fe cien veces más. Debemos pedirle fe a Dios, y a través
de nuestras oraciones debemos prepararnos para recibir las bendiciones
de Dios. Cuando servimos al Señor con nuestra fe, Dios obrará en
nuestras vidas.
¿Por qué habló el Señor en parábolas a Sus discípulos?
En el pasaje de hoy, cuando los discípulos le dijeron a Jesús:
«¿Por qué nos hablas en parábolas?», nuestro Señor respondió: «A
vosotros os ha sido dado conocer los misterios del reino de los
cielos; pero a ésos, no».
En otras palabras, se les dio a conocer a los discípulos de Jesús
los misterios del Reino de los Cielos. Pero los misterios del Cielo
no se revelaron a los que tenían los corazones endurecidos. Dicho
de otra manera, mientras que los que tienen los corazones endurecidos
escuchan la Palabra de Dios con sus oídos, no la aceptan con fe
en sus corazones.
Esta gente con el corazón endurecido ni siquiera intenta creer
en la Palabra de Dios; al contrario, ponen su pensamiento lejos
de la Palabra de Dios. No quieren servir a Dios como el Rey en sus
corazones, porque ellos mismos quieren ser sus propios reyes. En
este pasaje «ellos» son la gente con el corazón endurecido. Así
que cuando Jesús dijo: «A vosotros os ha sido dado conocer los misterios
del reino de los cielos; pero a ésos, no», la palabra «vosotros»
se refiere a los que han aceptado la Palabra de Dios en sus corazones
y creen en ella, y la palabra «ellos» se refiere a los que no lo
han hecho. Todos debemos entender este pasaje correctamente antes
de creer en él.
La razón por la que el Señor tuvo que explicar los
misterios del Reino de los Cielos en parábolas
Jesús tuvo que hablar de los misterios del Reino de los Cielos
en parábolas, para que los que tienen el corazón endurecido no le
entendieran y para que no hicieran mal uso del significado en su
propio beneficio. Por eso Jesús tuvo que hablar en parábolas. Nuestro
Señor no quiso que esos corazones malvados se levantaran contra
Dios para descubrir los misterios del Reino de Dios, y para que
estos no entraran en el Cielo, Él les habló en parábolas. Hizo que
fuera imposible para la gente con el corazón endurecido entrar en
el Reino de los Cielos con este corazón. La intención de nuestro
Señor era que la gente abandonara su maldad para entrar en el Reino
de los Cielos poniendo su fe en la Palabra de Dios. Como el Señor
dijo que no se permite entrar en el cielo a los que tienen el corazón
endurecido, cualquiera que quiera entrar en el Cielo debe arrepentirse
de su maldad y volver al Señor.
Sólo en la Biblia podemos descubrir la verdad del Señor. El Reino
de los Cielos está abierto para los que veneran a Dios primero,
creen el Él, y le siguen y le obedecen. Nuestro Señor, el Rey de
reyes, habló a toda la creación sobre los misterios del Evangelio
del agua y el Espíritu. Y quiso que todos los que le veneran, le
siguen y le sirven, entiendan la Palabra del Evangelio del agua
y el Espíritu. Quiso que se dieran cuenta de que «esta es la Palabra
de la remisión de los pecados».
Pero esto no se aplica a los que tienen el corazón endurecido ante
Dios. El Señor ha dado mentes confusas a la gente endurecida, para
que no encuentren los misterios para entrar en el Cielo. La razón
es que los que tiene el corazón endurecido no temen a Dios ni reconocen
Su majestad. No reconocen a Dios como Su Maestro, sino que se exaltan
a sí mismos más que a Dios. A esta gente, Dios nos le ha permitido
conocer la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu.
En conclusión, nuestro Señor dijo en el versículo 12: «Porque
al que tiene, se le dará más y abundará: y al que no tiene, aun
aquello que tiene le será quitado». A los que temen a Dios,
a los que conocen Su ensalzamiento, y a los que le siguen al admitir
que Él es el Juez y el Salvador, Dios les ha permitido entender
Su Palabra mejor, y les ha dado más bendiciones. Así que los que
están abrigados por el amor de Dios, no sólo han recibido la remisión
de sus pecados mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu,
sino que han sido bendecidos para vivir por Su Justicia.
Nuestro Señor dice decididamente: «Porque al que tiene, se le
dará más y abundará: y al que no tiene, aun aquello que tiene le
será quitado». Ha hecho que sea imposible para aquel que no
tema a Dios y cuyo corazón esté endurecido ante Él, entender el
Evangelio del agua y el Espíritu. Del mismo modo en que Dios hizo
que el agua estuviera a un nivel más bajo que la tierra, ha hecho
que Su Palabra de la remisión de los pecados corriera por nuestros
corazones a un nivel más bajo a través de la fe. El Señor ha permitido
que los humildes de corazón recibieran las bendiciones de la remisión
de los pecados a través de su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.
En este Evangelio del agua y el Espíritu, nos ha permitido entender
lo que quiso decir cuando dijo: «Porque al que tiene, se le dará
más y abundará: y al que no tiene, aun aquello que tiene le será
quitado». Todas sus parábolas tenían esta intención.
Si meditamos sobre la parábola del sembrador en Mateo 13, nos daremos
cuenta de lo que Dios desea y de Su intención. Así, debemos examinarnos
para ver si nos hemos levantado contra Dios con nuestros corazones
endurecidos. Entre los que tienen el corazón endurecido ante Dios,
hay unos más tercos que otros, que ni siquiera se arrepienten de
su terquedad hasta el final. Dicen: «¡Dios no existe! ¿Dónde está
Dios? ¿Existe o no? Le he servido y he creído en Él fervientemente,
pero, ¿dónde están las bendiciones? ¿Por qué no me ha bendecido?».
Pero Dios está vivo y existe. Y ha llegado a ustedes mediante el
Evangelio del agua y el Espíritu. Nadie debería acercársele con
un corazón endurecido. Al contrario, deberíamos dejar los corazones
endurecidos de lado, creer el la Palabra del Evangelio del agua
y el Espíritu, y obedecerle con esta fe.
Ante Dios, debemos averiguar cómo son nuestros corazones, y debemos
obedecer Su Evangelio de Verdad. Dios nos ha hecho Su creación en
este mundo, y nos ha dado la Palabra del Evangelio del agua y el
Espíritu para cumplir Su amor por nosotros. Se acercó a nosotros
con Su amor: Cuando estábamos llenos de pecado Dios nos salvó de
todos ellos con el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Al
poner nuestra fe en la Palabra de Dios, todos debemos tomar la Verdad
que nos hace hijos de Dios. Sólo entonces podemos convertirnos en
hijos de Dios.
Debemos quitar toda maldad de nuestros corazones y creer en la
Palabra de Dios. Nosotros mismos debemos creer que Dios está vivo,
y debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que nos ha
dado. Si nuestros corazones están endurecidos, no podemos entender
la Palabra de Dios de la remisión de los pecados aunque la escuchemos.
Esta es aún mayor razón para dejar de lado nuestra maldad y escuchar
la Palabra de Dios para no ser condenados eternamente.
Los que tienen el corazón endurecido ante Dios están destinados
a la destrucción, porque no pueden entender el Evangelio del agua
y el Espíritu. Por tanto, si alguien tiene el corazón endurecido
ante Dios, debe ablandarlo y escuchar la Palabra de salvación con
los oídos de su corazón. A veces, los nacidos de nuevo pueden tener
el corazón endurecido, pero nadie debería ser así ante Dios. Nuestros
corazones deben obedecer a Dios y debemos ser capaces de tener este
corazón. Si nuestros corazones están endurecidos ante Dios, es indispensable
que los cambiemos. Nuestro Señor nos ha dicho a todos que dejemos
de lado nuestros corazones endurecidos y le escuchemos.
En la era del Antiguo Testamento Dios tampoco toleraba
a la gente con el corazón endurecido
Refiriéndose a Isaías 6, 9, Jesús dijo: «Y se cumple con ellos
la profecía de Isaías, que dice: “Cierto oiréis y no entenderéis,
veréis y conoceréis”».
Pasemos a Isaías 6, 9-13: «Y El me dijo: Ve y i a ese pueblo:
Oíd, y no entendáis; ved, y no conozcáis. Endurece el corazón de
ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus
ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda su corazón, y no sea curado
de nuevo. Y yo le dije: ¿Hasta cuándo, Señor?, y respondió: Hasta
que las ciudades queden asoladas, sin habitantes, y las casas sin
moradores, y la tierra de labor hecha un desierto. Hasta que Yavé
arroje lejos a los hombres y sea grande la desolación en la tierra.
Si quedare un décimo, será también para el fuego, como la encina
o el terebinto, cuyo tronco se abate».
Jehová estaba enfadado y decidió arrancar a aquellos que tenían
el corazón endurecido. ¿Por qué se enfadó Dios con el pueblo de
Israel? Porque sus corazones estaban endurecidos ante Dios. Por
eso, se levantaron contra Dios. El pueblo de Israel debía reconocer
a Dios como el perfecto y absoluto Dios, obedecerle y creer en Él,
pero en su corazón se levantaron contra Dios y no reconocieron Su
Palabra. Por eso Dios declaró la destrucción sobre esta gente.
Dios también dijo: «Si quedare un décimo, será también para
el fuego». En otras palabras, no había un solo descendiente
de Adán que venerase a Dios e hiciese buenas obras. Sin embargo,
como Dios les dio vida manifestándose a Sus siervos, hablándoles,
y transformando sus corazones con Su Palabra, se levantó el pueblo
de Dios. Él quería salvar las almas de los que conocían Su voluntad,
y obedecían y creían en Él según Su Palabra.
Por eso el Señor dejó un tronco que se convertiría en la semilla
santa en esta tierra, cuando todos los pecadores debían ser destruidos:
«Como la encina o el terebinto, cuyo tronco se abate. Así la
santa semilla será su tronco».
Dios Padre puso la base de la salvación y la completó mediante
Jesucristo: Dios Padre hizo que Jesús naciera en este mundo, tomara
todos los pecados del mundo de una vez por todas al recibir Su bautismo
de Juan el Bautista, y que fuera crucificado y derramara Su sangre
en la Cruz. En otras palabras, Jesucristo se ha convertido en el
tronco santo de esta tierra, y Dios ha salvado a todos los que reciben
la remisión de los pecados al conocer a Jesucristo y poner su fe
en Él.
Dios ha hecho que sea posible para los que entienden y creen en
la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu que se conviertan
en el pueblo del Reino de los Cielos.
La semilla santa en esta tierra es Jesucristo y
Su pueblo
La semilla santa en este mundo es Jesucristo, el Hijo de Dios Padre.
Él vino a la tierra, borró nuestros pecados y convirtió a los que
creían en Él en el pueblo de Dios. Dios dijo que la Palabra de poder,
la Palabra de la remisión de los pecados que cumplió Jesucristo,
se ha convertido en un tronco, y que a través de Jesucristo, los
creyentes se han convertido en el pueblo de Dios, y Su Reino se
ha establecido. Como se nos ha enseñado en la parábola del sembrador,
todos podemos convertirnos en hijos de Dios cuando admitimos nuestra
maldad y creemos en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
¿Cuál es el peor pecado que podemos cometer contra Dios? Es vivir
una vida religiosa ante Dios. Adorar otros dioses ante Dios, creer
en todo, es un gran pecado. Vivir una vida religiosa constituye
un gran pecado ante Dios.
Dios nos ordenó: «No tendrás ningún otro dios». Aparte de nuestro
Dios que creó este universo, ¿quién podría ser el Dios de la creación?
Ningún otro Dios. Pero a pesar de esto, la gente cree y sigue otras
cosas aparte de Dios, y esto es un gran pecado.
Por tanto, los predicadores del verdadero Evangelio deben enseñar
a estos idólatras sus propias faltas antes de predicar el Evangelio
del agua y el Espíritu. Deben enseñarles que Dios es quien creó
el universo, que sólo el Dios de la Trinidad es nuestro Señor y
el Dios y que nos ha dado la bondad de Su salvación, y que nadie
más es el Dios de la creación, sino que son dioses falsos.
Pero, si por el contrario, predican el Evangelio del agua y el
Espíritu sin arar primero los campos de sus corazones, cometerán
un gran error. Cuando predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu
a otros, debemos enseñarles qué pecados tienen en sus corazones,
y que están destinados a ser condenados por sus pecados y a ir al
infierno. Debemos decirles primeo que son la semilla de los obradores
de iniquidad, y enseñarles que si tienen el más mínimo pecado, serán
echados al infierno. Sólo entonces podemos predicar el Evangelio
del agua y el Espíritu, porque a no ser que reconozcan su maldad
y sus pecados, el Evangelio no puede echar raíces en sus corazones.
También debemos enseñarles que la vida en este mundo está vacía,
que perseguir los placeres mundanos es en vano, y que nada en este
mundo tiene importancia, no es nada más que el sueño de una noche
verano. Entonces debemos testificar sobre quién es el Dios vivo,
y predicar cómo el Hijo de Dios vino a la tierra, borró nuestros
pecados de una vez por todas a través del Evangelio del agua y el
Espíritu, mediante Su bautismo y derramamiento de sangre, y nos
ha salvado de todos nuestros pecados. Por tanto, cuando predicamos
el Evangelio del agua y el Espíritu, ignorar este procedimiento
resultará en un trabajo sin fruto.
Así, los que predican el Evangelio del agua y el Espíritu sin arar
los corazones de los pecadores para revelar sus pecados, deben admitir
sus propios fallos ante Dios. Y los que escucharos el Evangelio
del agua y el Espíritu de boca de esos predicadores, como escucharon
el Evangelio sin darse cuenta de sus pecados, no pudieron convertirse
en buenos campos. Si no aramos los corazones antes de predicar el
Evangelio del agua y el Espíritu, la gente no se podrá convertir
en verdaderos hijos de Dios, sino que serán cristianos nominales.
Como he dicho anteriormente, los pecados de mi corazón me atormentaban
antes de conocer el Evangelio del agua y el Espíritu. Sin embargo,
Dios me reveló el misterio de esta Verdad del Evangelio mientras
leía Mateo 3, 13-17. En ese momento, me di cuenta de que Jesús,
al ser bautizado por Juan, tomó todos los pecados del mundo y cumplió
la Justicia de Dios. También me di cuenta de que el Evangelio del
agua y el Espíritu se revela tanto en el Antiguo como en el Nuevo
Testamento. Ambos testifican que nuestro Señor tomó sobre sí mismo
nuestros pecados al ser bautizado por Juan, que murió en la Cruz,
se levantó de entre los muertos, y así nos ha salvado de todos nuestros
pecados.
Estaba tan contento de haber descubierto esta Verdad que no podía
parar de dar gracias a Dios. Al principio como estaba tan preocupado
por los cristianos que decían creer en Jesús sin conocer el Evangelio
del agua y el Espíritu, sólo les daba un avance de la respuesta
correcta. Estaba tan lleno de entusiasmo que predicaba el verdadero
Evangelio a todo el mundo que conocía, sin arar primero sus corazones.
Cometí este error durante un tiempo.
Por supuesto, sí que aré los campos de los corazones de aquellos
que querían escuchar atentamente la Palabra de Dios y creer en ella.
Sin embargo, cuando me encontraba con alguien con el corazón endurecido,
inmediatamente le decía: «Así es como Jesús tomó tus pecados y los
de toda la humanidad en el río Jordán, y al ser crucificado hasta
la muerte y al levantarse de entre los muertos, nos salvó a todos
de esos pecados». Al final, sólo convertí a esta gente en malvados
practicantes de la religión ante Dios. Como los campos de sus corazones
todavía seguían siendo como el borde del camino o el camino pedregoso,
el Evangelio del agua y el Espíritu sembrado en sus corazones no
sirvió de nada con el tiempo: algunos fueron devorados por el Diablo,
y otros germinaron pero se marchitaron pronto. Este fue el resultado
del hecho de que no habían entendido el poder del Evangelio del
agua y el Espíritu completamente.
Todos fuimos pecadores desde el principio
Los corazones de la gente están llenos de cosas malas desde el
principio, pero les costó bastante tiempo conocer su naturaleza
pecadora. Este es un problema que tenemos todos. Así que es normal
que la mayoría de los cristianos no se hayan dado cuenta de que
sus corazones tienen campos pedregosos, sino que lo descubrirán
más tarde.
Si alguien acepta el Evangelio del agua y el Espíritu sin reconocer
sus pecados completamente, su fe será demasiado frágil para soportar
la tormenta de sus pecados, y la casa construida sobre la arena
no puede aguantar una tormenta.
Mientras vivimos confesando nuestra fe en el Evangelio del agua
y el Espíritu, también nosotros hemos visto nuestra verdadera naturaleza.
Para algunos de nosotros, es difícil admitir los pecados que cometemos,
nos resulta difícil soportarlo. Así que esta gente no puede decir
sin ninguna duda que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Acaban convirtiéndose en meros practicantes de la religión, porque
no tienen la fe que se aferra a la Palabra del Evangelio del agua
y el Espíritu. Hablando estrictamente, no son hijos de Dios y el
Espíritu Santo no vive en ellos. El resultado es tan claro como
el agua. Dejarán la Iglesia de Dios, porque no pueden estar unidos
con la Palabra de Dios en el Espíritu Santo.
En los pasajes de Mateo 13, nuestro Señor nos está enseñando cómo
deberíamos predicar el Evangelio, cómo deberíamos atender a las
almas, y cómo deberíamos servirles. También nos está diciendo cómo
darnos cuenta de la Verdad que nos permite recibir la remisión de
los pecados, y cómo descubrir los misterios del Cielo. Para entender
todas estas enseñanzas debemos hacer nuestros corazones humildes,
reconocer a Dios, admitir que Él es nuestro Maestro y el Señor del
universo entero. Reconocer a Dios correctamente es el primer paso
para recibir Sus bendiciones.
Nuestro Señor dijo: «Yo he criado hijos y los he engrandecido,
pero ellos se han rebelado contra mí. Conoce el buey a su dueño,
y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo
no tiene entendimiento» (Isaías 1, 2-3).
Gracias a que Dios nació en este mundo, y al creer en la Palabra
del Evangelio del agua y el Espíritu, hemos nacido de nuevo. Pero
algunos se han convertido en practicantes de la religión, porque
no conocen a Dios, ni sus pecados y no entienden que son la semilla
de obradores de iniquidad y están destinados al infierno por causa
de sus pecados. ¿Hay alguno entre ustedes que haya recibido la Palabra
del Evangelio sin que el campo de su corazón haya sido arado? Quiero
que toda esa gente are los campos de sus corazones una vez más,
para descubrir sus pecados, para creer de verdad ene l Evangelio
del agua y el Espíritu, y para ser salvados de sus pecados. Espero
sinceramente que al hacerlo, sean salvados de todos sus pecados
y se conviertan en el pueblo de Dios.
Los que predican el Evangelio de Dios no deben olvidar el hecho
de que cuando predican el Evangelio del agua y el Espíritu, primero
deben arar el campo de sus corazón pecador, y entonces predicar
el Evangelio del Cielo. ¿Por qué? Porque el Señor nos dijo que hay
bordes del camino, caminos pedregosos y caminos espinoso en los
corazones humanos. Todos debemos darnos cuenta que nunca es tarde
para predicar el Evangelio del agua y el Espíritu tras haber explicado
la Palabra de Dios suficientemente a la gente. Debemos sembrar la
semilla del verdadero Evangelio después de que la gente admita sus
pecados, haga humildes sus corazones ante Dios, y reconozca que
son montones de pecados destinados al infierno. Sólo después de
arar los corazones y de predicar el Evangelio del agua y el Espíritu
pueden convertirse en el pueblo de Dios al creer ene este verdadero
Evangelio.
Sólo cuando enseñamos a los pecadores con la Palabra de Verdad,
son pecadores destinados el infierno, y cuando creen en el Evangelio
del agua y el Espíritu a través de la Palabra de Dios, pueden creer
en Jesús correctamente. Como el granjero que ara su campo, remuevo
la tierra, la labra y siembra la semilla, y riega el campo; nosotros
los granjeros espirituales debeos predicar el Evangelio del agua
y el Espíritu del mismo modo.
Al principio, no sabíamos cultivar, porque predicamos el Evangelio
del agua y el Espíritu enseguida, sin remover los campos de los
corazones de la gente. Consecuentemente, aquellos de ustedes que
escucharon el Evangelio del agua y el Espíritu sin que el campo
de su corazón hubiera sido arado, se han desviado del camino; algunos
han dejado la Iglesia, y otros se han levantado en Su contra. Todos
estos resultados se deben al error que cometimos al no arar y remover
los campos de los corazones.
Me arrepiento ante Dios de estos errores. Mis compañeros de trabajo
también se arrepienten. Ya que yo mismo cometí estos errores, ¿cómo
no han de cometerlos mis compañeros? Al principio, todos predicamos
un poco del Evangelio demasiado fácil, tomándolo como una tarea
fácil porque queríamos dar la respuesta correcta y después darles
todos los detalles. Así que de alguna manera, era un anticipo del
verdadero Evangelio, pero al oírlo, muchos creyeron que era su salvación.
Pero esta no es la verdadera salvación del pecado.
Esta gente debe admitir primero sus pecados como el profeta Isaías
profesó cuando vio la majestad y la gloria de Dios: «Ay de mí,
perdido soy, porque, siendo un hombre de impuros labios, que habita
en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al
Rey, Yavé de los ejércitos» (Isaías 6, 5). La verdadera salvación
se consigue cuando se admite ante Dios que se es un pecador que
está destinado inevitablemente al infierno por causa de sus pecados,
y entonces se cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando
tenemos esta fe, estamos muy agradecidos al Señor que vino y nos
salvó de nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu.
No podíamos evitar ser juzgados por Dios y ser echados al infierno,
pero al admitir ante Dios que éramos pecadores y al creer en el
Evangelio del agua y el Espíritu, hemos recibido la remisión de
nuestros pecados.
Por eso todo lo que quiero que hagan es dejar de lado sus corazones
endurecidos y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si sus
corazones están endurecidos, morirán. ¿Están sus corazones endurecidos
o son puros ante Dios? Deben ser muy puros, no sólo un poco puros.
Como la Palabra de Dios dice que los pecadores no pueden evitar
ir al infierno, debemos creer que todo se cumplirá según esta Palabra.
Por tanto, todos nosotros debemos creer con un corazón puro que
a través del Evangelio del agua y el Espíritu, nuestro Señor nos
ha salvado de todos nuestros pecados, cuando todos estábamos destinados
al infierno y éramos incapaces de alcanzar nuestra salvación por
nuestros propios medios y esfuerzos.
El Señor dijo: «A vosotros os ha sido dado conocer los misterios
del reino de los cielos». ¿A quién se le ha permitido conocer
la Palabra de Dios acerca de Su Reino? El Señor dijo que se le permitiría
a los corazones puros. Sólo a aquellos que tienen corazones que
aceptan la Palabras de Dios se les permitirá, y sólo a los que pueden
recibir la remisión de sus pecados por el poder de este Evangelio.
En contraste, los de corazón impuro y endurecido no pueden poseer
el Evangelio, los misterios del Reino de los Cielos.
Al escuchar el Evangelio del agua y el Espíritu y al vivir nuestra
fe hasta ahora, ¿son nuestros corazones puros o no? Debemos pensarlo
detenidamente. Examínense para ver si son puros o no, y dejen de
lado su terquedad y pongan su fe pura en el Evangelio del agua y
el Espíritu.
No hablo de si sus acciones son insuficientes o no. Lo que les
pido es que se pregunten si sus corazones que creen en el Evangelio
del agua y el Espíritu son puros o no, y que reflexionen si sus
corazones están endurecidos o no. Si descubren que sus corazones
están endurecidos, deben arrepentirse y cambiar. No rueguen a Dios
por Su perdón, sino vuelvan a Él poniendo su fe en la Palabra Evangelio
del agua y el Espíritu.
Debemos admitir nuestras creencias erróneas del pasado, reconocer
nuestros corazones puestos en mal lugar, rebajarnos ante el Evangelio
del agua y el Espíritu, y creer en este Evangelio. Si vemos que
es difícil rebajar nuestros corazones, por lo menos deberíamos ser
capaces de rebajar nuestros cuerpos carnales. Sólo entonces Dios
verá nuestros corazones y nos dará la remisión de nuestros pecados.
Espero y deseo que todos ustedes, a través de su fe en el Evangelio
del agua y el Espíritu, reciban la remisión de sus pecados y vivan
como el pueblo de Dios, y entonces cuando el Señor vuelva, le reciban
y vivan por siempre con sus bendiciones.
Puede que hayan encontrado falsos testigos del Evangelio y consecuentemente,
su fe sea incorrecta. Aunque no hay duda de que estos testigos estaban
equivocados, básicamente, sin embargo, ¿no son sus corazones los
que están equivocados? ¿Por qué está Dios reprendiéndonos? Nos reprende
porque nuestros corazones no son puros. Es absolutamente esencial
que dejen de lado su terquedad y crean en la Palabra de Dios con
sus corazones puros, porque no podrán recibir ninguna bendición
de Dios si sus corazones están endurecidos.
En este mismo momento, es una bendición escuchar
y ver el Evangelio del agua y el Espíritu, y creer en él de todo corazón
Nuestro Señor dijo en Mateo 13, 16-17: «¡Pero dichosos vuestros
ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues en verdad
os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros
veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
Nuestro Señor vino a esta tierra hace 2.000 años, y empezó a difundir
Su Palabra de la remisión de los pecados y del Reino de Dios cuando
tenía 30 años. Cuando nuestro Señor habló de la remisión de los
pecados, les habló del Reino de Dios explicando la Palabra del Antiguo
Testamento, y también enseñó cómo ser perdonados por sus pecados
y ser bendecidos. Los que vieron a Jesús con sus ojos y le oyeron
fueron bendecidos en ese mismo instante. Desde la creación del mundo,
casi ningún profeta o creyente en el Antiguo Testamento escuchó
lo que Dios dijo sobre el Reino de los Cielos cuando vino a la tierra
encarnado en un hombre y se reveló a Sí mismo.
Cuando Jesús estuvo en este mundo, el pueblo de Israel le conoció,
lo vio con sus propios ojos, y escuchó lo que dijo sobre Dios y
Su Reino. Esta gente estuvo grandemente bendecida, y aún así, de
entre los que escucharon la Palabra directamente de Jesús, muchos
no creyeron en Él. En aquella época también había mucha gente que,
al endurecer sus corazones, se levantó contra Jesús y no creyó en
Él. Entre los cuatro diferentes campos del corazón humanos, los
suyos eran los tres malos campos que deberían haber sido arado.
Podemos escuchar la Palabra de Verdad de Dios a
través de los discípulos que creyeron en el Evangelio del agua y el
Espíritu
En esta era, pueden oír el Evangelio del agua y el Espíritu a través
de los que se han convertido los verdaderos discípulos de Jesús.
En realidad, aquellos de ustedes que han conocido a los siervos
de Dios difundiendo la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu
y han escuchado de sus bocas este Evangelio son los verdaderos benditos.
Nadie está más bendecido que aquellos que conocen a Jesús y creen
en Él correctamente. Sin embargo, aunque alguien conozca a Jesús,
si endurece su corazón y no cree en lo que Él dijo, y por tanto
no recibe la bendición de sus pecados, no es diferente de los más
desdichados.
En esta época, los que están realmente bendecidos son los que conocen
el Evangelio del agua y el Espíritu y creen en él correctamente.
Pero entre los que han conocido a los predicadores que difunden
esta Verdad del Evangelio, hay quien no ha recibido la remisión
de sus pecados porque no creen en la Palabra de Dios. Estos tienen
el corazón endurecido. Esta gente debe arrepentirse de su terquedad
y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, porque sus corazones
endurecidos sólo les llevarán al infierno.
Mis queridos hermanos, ¿son las palabras que dicen los siervos
de Dios que difunden el poder del Evangelio del agua y el Espíritu
meramente humanas o son la Palabra de Dios? Son la Palabra de Dios.
No es fácil conocer a los predicadores de la verdad del Evangelio
del agua y el Espíritu en todos los sitios. No se encuentran entre
los meros practicantes de la religión de este mundo. Ni el pastor
más famoso de esta era, ni la persona con más poder de Dios, ninguno
es predicador de Dios si no predica la Verdad del Evangelio del
agua y el Espíritu.
Ustedes están bendecidos, porque pueden escuchar el Evangelio del
agua y el Espíritu en este mismo instante a través de nuestras series
de libros cristianos. La Palabra del verdadero Evangelio les ha
sido entregada gratis, como está escrito en Romanos 10, 8-9: «Pero
¿qué dice? “Cerca de ti está la palabra, en tu boca, en tu corazón”,
esto es, la palabra de la fe que predicamos. Porque si confesares
con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios le
resucitó de entre los muertos, serás salvo».
Aún así hay gente que, al tener el corazón endurecido, no cree
en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu aunque escuchen
la Palabra de Dios. Esta gente va por el camino equivocado. ¿Por
qué? Porque no reconocen la Verdad de la salvación, y como sus corazones
están endurecidos, no pueden escuchar aunque oigan, no pueden ver
con sus ojos. Están destinados a la destrucción por causa de sus
pecados aún teniendo tantas oportunidades para sen bendecidos.
Ahora, pueden escuchar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu
en la Iglesia de Dios y a través de nuestros ministerios. Ahora
pueden escuchar la Palabra del agua y el Espíritu que contiene los
misterios de la fe que les permite entrar en el Reino de Dios. Al
escuchar y creer en este Evangelio del agua y el Espíritu con todo
su corazón pueden ir al Cielos. A no ser que escuchen esta Palabra
del Evangelio del agua y el Espíritu, no podrán entrar en el Cielo
por mucho que lo deseen.
¿Dónde más aparte de la Iglesia de Dios pueden escuchar la Palabra
del Evangelio del agua y el Espíritu? En todo el mundo, sólo los
que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu pueden difundir
este Evangelio. ¿Dónde más pueden escuchar este Evangelio, a no
ser que encuentren a los siervos de Dios? No estamos alardeando,
sino que sólo les digo que nadie más predica este verdadero Evangelio.
Por muy duros que parezcamos, nadie más predica este Evangelio de
Verdad. Hemos escuchado a mucha gente confesarnos que en sus propias
palabras no pudieron encontrar esta Verdad, por mucho que la buscaban
en toda el cristianismo.
Ahora, en este mundo, también se han levantado multitud de nacidos
de nuevo que han visto, oído y creído en esta Palabra del Evangelio
del agua y el Espíritu a través de nuestra literatura, tanto en
libros impresos como en libros electrónicos. Si ustedes son uno
de ellos, deben creer en esta Verdad del Evangelio del agua y el
Espíritu con un corazón sincero. Deben escucharnos y creer en la
Palabra de Dios con humildad. Sólo entonces podrán conocer la misteriosa
Palabra de Verdad que les permite entrar en el Reino de los Cielos.
El cristianismo es la reunión de los que siguen a Jesucristo. Hoy
en día, mucha gente dice seguir a Jesucristo y querer convertirse
en Sus discípulos, pero deben reconocer que ahora sólo creen en
una de las muchas religiones del mundo. No conocen ni creen en Jesús
correctamente, ni obedecen ni creen en Él. Sólo piensan para sí
mismos que están obedeciendo a Jesús, cuando en realidad no siguen
al Jesús verdadero, sino sólo a sus propias invenciones. Si no les
gusta lo que dice la Palabra, alteran la Palabra de Jesús a su propio
gusto para que encaje con sus creencias.
Muchos de ellos tienen la imagen de un Jesús guapo. ¿Tenía la cara
de un hombre guapo, cuando en verdad la Biblia dice: «No hay
en él parecer, no hay hermosura para que le miremos»? (Isaías 53,
2). Creen en sus propias invenciones, cambiando la esencia de
Jesús y Su Palabra. Por eso puedo describir sus corazones en una
palabra: tercos.
Pero todo lo que Dios dijo en la Biblia es totalmente infalible.
Todo lo que debemos hacer es arrodillarnos ante Su palabra, y obedecerla
y creer en ella con un sí. Aunque sea difícil rebajar sus corazones
ante la Palabra de Dios, deben intentar rebajar tanto sus cuerpos
como sus corazones ante Dios y reconocer que Él tiene razón. Si
sus corazones no son puros, deben arrepentirse. Sólo entonces pueden
aceptar Su Palabra, y convertirse en el pueblo de Dios y en Sus
obreros.
La Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu revelada
en Mateo 13, 18-23
Nuestro Señor interpretó la parábola del sembrador en Mateo 13,
18-23 al decir: «Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador»
(Mateo 13, 18). Nos la explicó haciendo una analogía con algo
con lo que estamos familiarizados para que entendiéramos Su Palabra
del misterio del Cielo y la entendiéramos fácilmente.
En Mateo 13, 19, Jesús dijo: «A quien oye la palabra del reino
y no la entiende, viene maligno y le arrebata lo que se había sembrado
en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino».
No todo el mundo puede entender la Palabra del Cielo. Cuando alguien
escucha la Palabra de la salvación que explica el Reino de Dios
y no la entiende, el malvado viene y arranca lo que fue plantado
en su corazón. Para entender Su Palabra correctamente, primero debemos
darnos cuenta de que hemos sido pecadores que han adorado ídolos
ante Dios. Desde el día en que nacimos, no hemos reconocido a Dios,
no le hemos honrado, ni servido. Al no reconocerle y creer en Él
hemos pecado de idolatría, que es el peor pecado ante Dios. Somos
así. Debemos reconocer lo malos que somos y qué tercos somos.
Como Adán y Eva, los padres de la humanidad, pecaron contra Dios,
pasaron los doces tipos de pecados a todos nosotros como herencia.
Y consecuentemente, desde nuestro nacimiento hemos sido apartados
de Dios y nos hemos convertido en la gente maldita que le abandonó.
Éramos las semillas con el corazón endurecido y no podíamos ser
salvados de nuestros pecados, y nos levantamos contra Dios y le
desobedecimos, y por tanto estábamos destinados a estar malditos,
a no ser que Jesucristo nos salvara. Por tanto debemos admitir que
éramos las semillas del pecado que no podían evitar ser echados
al infierno por su desobediencia, y que éramos pilas de pecado destinado
a vivir dando los frutos del pecado y levantándonos contra Dios
toda nuestra vida. Debemos conocernos a nosotros mismos. Si no lo
hacemos, se nos quitará todo.
Efesios 2, 1-3 dice: «Y vosotros estabais muertos por vuestros
delitos y pecados, en los cuales en otro tiempo habéis vivido, según
el modo secular de este mundo, conforme al príncipe del poder del
aire, del espíritu que ahora actúa en los que son rebeldes; entre
los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo
y seguimos los deseos de nuestra carne, cumpliendo la voluntad de
ella y de los pensamientos, siendo por naturaleza hijos de la ira,
como los demás».
Dios nos está diciendo: «Sois las semillas del pecados que adoráis
a otros dioses. Sois la semilla del pecado que se levantó contra
Mí, aliándoos con Satanás, el Diablo, el príncipe del poder del
aire». Cuando Dios nos dice esto, debemos admitir: «En verdad lo
hemos hecho. Aunque no lo hicimos intencionadamente, estábamos gobernados
por el Diablo y no conocíamos a Dios».
Estábamos equivocados, nuestros antepasados también lo estaban
y nuestros descendientes lo estarán. Esta falta es el pecado que
nos hace ir al infierno. Éramos pecadores terribles, y si nuestro
Señor no hubiera remitido nuestro pecados mediante el agua y el
Espíritu, no hubiéramos recibido la remisión de nuestros pecados.
Por eso debemos darnos cuenta de nuestra existencia. No debemos
escuchar simplemente la Palabra, sino que debemos entenderla bien.
Debemos darnos cuenta de que somos las semillas del mal; de que
somos incapaces de guardar la Ley y de hacer buenas obras ante Dios,
y de que sólo hacemos malas obras; y también de que no podríamos
haber sido salvados de nuestros pecados si no hubiera sido por Jesucristo.
Debemos reconocer que estábamos sujetos a nuestra carne, a buscar
la fama, la riqueza, y la gloria de este mundo, y a ser echados
al fuego eterno y a morir para siempre. Y tras conocer la maldad
de nuestros corazones, debemos rebajar nuestros corazones y aceptar
con gratitud en nuestros corazones que el Señor ha borrado nuestros
pecados.
El Señor nos dijo: «Soy la semilla del mal. Vuestros pecados no
pueden ser lavados, ni siquiera con jabón». Por eso cuando Jesucristo,
el Hijo de Dios vino a la tierra, fue bautizado por Juan el Bautista,
diciendo: «Pues conviene que cumplamos toda justicia». Y
cuando salió del agua, Dios testificó: «Este es mi hijo amado,
en quien tengo mis complacencia».
Cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, tomó sobre Sí
mismo todos nuestros pecados. Nuestro Señor nos dijo que vino a
este mundo a salvarnos porque estábamos destinados a ir al infierno
por nuestros pecados, y que tomó los pecados de la humanidad sobre
Sí mismo de una vez por todas al ser bautizado por Juan el Bautista,
el representante de la humanidad. «Déjame hacer ahora, pues conviene
que cumplamos toda justicia» (Mateo 3, 15). Esto es lo que Jesús
dijo cuando iba a ser bautizado. Jesús tomó todos nuestros pecados
al ser bautizado. ¿Creen ahora que todos sus pecados fueron pasados
a Jesucristo?
¿Hay alguien cuyo corazón esté abrumado por un sentimiento de culpa,
y que piense: «Es cierto que creo en este Evangelio. Pero aunque
crea en la Palabra, he cometido pecados muy graves y estoy muy lejos
de Dios ahora mismo. Así que no puede atreverme a decir que estoy
sin pecado»?
Mis queridos hermanos, no hay pecado que nuestro Señor no nos quitara,
entonces es justo que todos nuestros fallos, por muy graves que
sean, le hayan sido pasados a Él. Nuestro Señor dijo: «Pues conviene
que cumplamos toda justicia», y entonces fue bautizado por Juan
el Bautista. En ese mismo momento, todos sus pecados, todo tipo
de pecados que hayan cometido, y por muy grave que sean, fueron
pasados al Señor. Si han aceptado su naturaleza pecadora en su totalidad,
y han dejado de lado sus corazones endurecidos ante el Señor, tendrán
que admitir la Verdad del Evangelio. Deben reconocer que Jesús es
el Hijo de Dios, Dios mismo, y nuestro Salvador, y que el Señor
tomó todos sus pecados, por muy insuficientes que sean, y cualquiera
que sea el tipo de pecado que hayan cometido. Nuestro Señor los
limpió. ¿Lo reconocen ahora?
La humanidad es siempre insuficiente. No deben olvidar que cuando
señalamos a alguien, todos nos señalan a nosotros. Todo el mundo
peca. Ustedes y yo, todos cometemos pecados. ¿Piensan que podrían
tirar una piedra a una mujer adúltera, cuando nuestro Señor dijo:
«El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la primera piedra»
(Juan 8, 7)? Seguramente no. Ustedes y yo cometemos los mismos
pecados que los demás.
Pero al ser bautizado por Juan, Jesús tomó todos los pecados de
este mundo y los aceptó sobre Sí mismo. Todos sus pecados y los
míos fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado por Juan el Bautista.
¿Lo reconocen? ¿Admiten que si Jesús no hubiera tomado nuestros
pecados en Su bautismo, ustedes y yo estaríamos 100% destinados
al infierno por nuestros pecados?
Si reconocen la Palabra de Jesús, esto significa que sus corazones
no están endurecidos. Pero si lo reconocen sólo en su pensamiento
y no en su corazón, esto sólo significa que sus corazones son tercos.
El no aceptar la Palabra de Dios en el corazón es el peor pecado
que puede cometer un corazón endurecido, mientras que el que la
reconoce con su corazón tiene un corazón humilde. Ustedes y yo debemos
reconocer la Palabra con nuestro corazón.
Cuando nuestro Señor fue bautizado, las puertas del Cielo se abrieron,
y Dios Padre dijo: «El que acaba de ser bautizado es Mi querido
Hijo, en quien tengo mi complacencia». Dios Padre está diciendo:
«Mi hijo tomó todos vuestros pecados al ser bautizado por Juan el
Bautista, el representante de la humanidad. Mi propio Hijo se convirtió
en la propiciación de vuestros pecados. Como el Sumo Sacerdote celestial,
aceptó todos vuestros pecados en Su propio cuerpo al ser bautizado,
y al sacrificar este cuerpo de Mi Hijo, he limpiado vuestros pecados.
Así he os he salvado de todos vuestros pecados». Ustedes y yo debemos
reconocer esta Palabra en nuestros corazones. Sólo si reconocemos
esto con nuestros corazones, sabremos que nuestros corazones no
están endurecidos.
Mis queridos hermanos, ¿reconocen la Palabra de Dios con sus corazones
puros? No endurezcan sus corazones ante Dios. Esto sería realmente
malvado. Levantarse contra Dios y desobedecer la Palabra de Dios
con sus corazones es cien veces más malvado que ofender Su Palabra
con la carne. Levantarse contra Dios con sus acciones es malo, por
supuesto, pero con sus corazones es peor.
Cuando hacen esto en sus corazones, Dios lo sabe todo. Pero si
creen que Dios no lo sabe, y rechazan sin vergüenza Su Palabra con
sus corazones endurecidos, están cometiendo la blasfemia contra
el Espíritu Santo, el pecado que Dios no perdona. ¿Qué es la blasfemia
contra el Espíritu Santo? No creer en la Palabra del Evangelio.
Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo planearon entre ellos cómo
borrar los pecados de la humanidad, y lo han cumplido según el plan.
En resumen, la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado de
no creer que el Señor ha borrado todos nuestros pecados con el poder
del Evangelio del agua y el Espíritu y que nos ha hecho hijos de
Dios. Un corazón que no cree que el Señor nos ha salvado a los que
estábamos destinados al infierno por nuestros pecados, y que nos
ha hecho el pueblo de Dios, es un corazón que blasfema contra el
Espíritu Santo.
Algunos insisten en que prohibir que la gente hable en lenguas
e imponer las manos sobre la cabeza para curar a alguien es la blasfemia
contra el Espíritu Santo. Pero esto son tonterías. Los que se levantan
contra el Evangelio del agua y el Espíritu cometen el pecado de
la blasfemia contra el Espíritu Santo. Todos los demás pecados pueden
ser perdonados, pero el que rechace el poder del Evangelio del agua
y el Espíritu y no cree en él, no puede ser perdonado. Por tanto,
el Apóstol Juan definió este pecado como «un pecado de muerte» (1
Juan 5, 16).
En el poder del Evangelio del agua y el Espíritu se encuentra la
Verdad de la salvación, a través del cual Dios nos ha salvado. El
que Dios nos haya salvado de todos nuestros pecados presupone que
habíamos caído en pecado y no podíamos evitar ir al infierno. Por
eso Dios tuvo piedad de nosotros y nos ha salvado con el poder del
Evangelio del agua y el Espíritu. Al creer en esta Verdad, de que
Jesucristo nos ha salvado al venir al mundo, al ser bautizado, morir
en la Cruz, y levantarse de entre los muertos, ustedes y yo nos
hemos convertido en hijos de Dios y hemos sido librados de los planes
malignos de Satanás. Al poner nuestra fe en el poder del Evangelio
del agua y el Espíritu podemos salir de nuestra antigua posición
en la que estábamos contra Dios y en la que le hacíamos estar triste,
y recibir nuestra salvación de Dios. Por tanto, en vez de endurecer
nuestros corazones, ustedes y yo debemos rebajarlos. Esto es lo
que nos está diciendo el Señor.
Sus corazones pueden ser caminos espinosos, llenos de preocupaciones
de este mundo y de la decepción de las riquezas, o como el camino
pedregoso que tiene pecados sin revelar. También habían vivido vidas
religiosas, adorado otros dioses, cometieron idolatría, y se levantaron
contra Dios. En otras palabras, sus corazones pueden ser como el
borde del camino. Cuando los pecados no revelados se manifiestan
a través de sus acciones, todo lo que deben hacer es admitir quienes
son realmente. Pero a pesar de ello, hay pecados terribles en sus
corazones y no pueden admitirlos. Pero a través del Evangelio del
agua y el Espíritu, el Señor nos ha salvado. ¿Creen en esto con
sus corazones?
Esto es hacerse humildes. La fe humilde es la fe bendecida por
Dios y es la fe que nos hace Sus hijos, y es el corazón que nos
ha salvado del pecado. Con esta fe, deben arar el campo de sus duros
y tercos corazones con un sí. Esta es la fe humilde. Este es el
buen campo.
Muchos creyentes dejaron la Iglesia de Dios y este Evangelio bendito
en busca de riqueza, fama, poder y sus propias pasiones, aunque
una vez creyeron en el Evangelio del agua y el Espíritu. Pero aún
así, nuestro Señor ha borrado los pecados de esa gente. De hecho,
con el agua y el Espíritu, el Señor ha borrado todos los pecados
de todo el mundo, de todos los que dejaron la Iglesia para perseguir
sus deseos carnales, o porque no les gustaba la Iglesia. Pero aún
así la gente decidieron: «Por lo que hice, estoy separado para siempre
de Dios» y rompen los lazos con Él. Esto constituye el peor pecado
ante Dios. Como esto constituye la blasfemia contra el Espíritu
Santo, esta gente será destruida.
¿Hay todavía piedras en el campo de sus corazones? ¿Hay pecados
que no han sido revelados? Todos sabemos algo del pecado, pero sólo
superficialmente. «Oh, así que esto es lo que Dios dice», pensamos
para nosotros mismos. Pero eso es todo lo que sabemos, y todavía
hay mucho de lo que no nos damos cuenta, porque no hemos cometido
pecados como el asesinato, el adulterio, la envidia, el robo, y
la inmoralidad sexual, sino que sólo los hemos pensados. ¿No desean
mucho sus corazones? Por supuesto que sí. ¿Harán esas cosas tarde
o temprano? Sí. ¿Significa eso que las pueden hacer libremente?
No.
Los seres humanos no son tan especiales. Todo el mundo es insuficiente.
Pero el Señor nos ha salvado de nuestros pecados. Creer en esto
es tener fe.
Jesús dijo que los misterios del Cielo nos han sido revelados.
¿Qué son los misterios del Cielo? Es la Palabra del Evangelio del
poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Algunos evocan algunas
ilusiones sobre el Cielo al escuchar la expresión «misterios del
Cielo». Hace algún tiempo, un falso profeta místico, que insistía
en que había estado en el Cielo, testificó a los cristianos Coreanos
que los ángeles del Cielo estaban ocupados preparando muchos bloques
de apartamentos para los santos. Después de este falso profeta,
surgieron otros testigos similares en Corea que decían haber estado
en el Cielo. Pero nuestro Señor no quiso decir estas cosas cuando
dijo «misterios del Cielo».
Jesús nos enseñó los misterios del Cielo, el Evangelio del agua
y el Espíritu, para que testificáramos que el Señor nos ha salvado
de nuestros pecados, aunque seamos insuficientes. Por eso les testifico
que el Señor se ha convertido en nuestro Salvador eterno, y que
nos ha salvado de todos nuestros pecados, fue bautizado, murió en
la Cruz, se levantó de entre los muertos, y vive. ¿Creen en el poder
del Evangelio? Si creen, están salvados.
La clase de fe que Dios aprueba es la fe de corazón. Si intentan
creer alguna verdad en Su Palabra aunque no la puedan entender,
esto no constituye fe en sí mismo. La fe es un concepto que pertenece
a la gracia. Si intentamos tener fe en la Verdad de Dios, nuestros
esfuerzos no pueden ganarse Su gracias, porque el Señor dijo: «Ahora
bien, al que trabaja no se le computa al salario como gracia, sino
como deuda. Mas el que no trabaja, sino que cree en el que justifica
al impío, la fe le es computada como justicia» (Romanos 4, 4-5).
Intentar creer con la voluntad de uno mismo es una obra. Aceptar
la Palabra de Dios con un corazón puro es fe. El señor dice que
Él tomó todos nuestros pecados al ser bautizado en el río Jordán,
y que por eso nuestros pecados fueron pasados a Jesucristo, reconocer
esta Palabra es fe. Reconocer la Palabra de Dios es el corazón de
los benditos que son pobres de espíritu. El que tiene un corazón
que teme a Dios no necesita trabajar duro para creer en Su Palabra.
Decir: «Creeré. Trabajaré duro para creer en Tu Palabra», sólo
indica que nuestros corazones están endurecidos. Cuando la Palabra
llega sobre nosotros, debemos decir sí y creer. No puede haber un
«no» ante la Palabra de Dios. ¿Hay algo en la Palabra de Dios que
pueda ser negado? Por supuesto que no. Debemos reconocer que el
Señor nos ha salvado de nuestros pecados con el poder del Evangelio
del agua y el Espíritu. Por lo tanto, decir: «Intentaré creer»,
no está bien.
El Señor dijo: « Lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra
y la entiende, y da fruto, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».
En Corea hay una extraña secta denominada «Secta Lo Tengo». Sus
miembros intentar convencerse a sí mismos de su propia remisión
de los pecados, porque no conocen la Verdad del Evangelio del agua
y el Espíritu. Debido a su ignorancia, intentan explicar la remisión
de los pecados mediante alegorías y metáforas. Y cuando llegan a
entender una de esas enseñanzas, dicen ser nacidos de nuevo por
ese conocimiento. Ahora, nos llamas herejes. ¿Por qué? Porque se
ha dado cuenta de que su evangelio es diferente del que nosotros
predicamos.
¿Significa esto que entendieron la Palabra correctamente, o que
no la entendieron bien? Sólo afirmaban entenderla cuando su propio
conocimiento no tenía ningún valor. Es como si estuvieran alegres
por haber encontrado una mina de oro, cuando en realidad se están
revolcando en su propia suciedad. Todo conocimiento, sin contar
la Palabra de Verdad del poder del Evangelio del agua y el Espíritu,
es un desperdicio. Si alguien no conoce esta Verdad escondida del
Evangelio del agua y el Espíritu cuando lee la Biblia, todo su conocimiento
es 100% en vano.
Jesús dijo que el que entiende la Palabra da fruto por ciento,
sesenta y treinta. Los que no conocen la Palabra no pueden dar fruto.
¿Y ustedes? ¿Entienden la Palabra? ¿Se dan cuenta ahora de lo siguiente?
«Ah, estaba destinado al infierno, pero el Señor me ha salvado con
el poder del agua y el Espíritu y se ha convertido en mi Salvados.
El Señor se ha convertido en mi Maestro, y el Dios de mi salvación.
Ahora puedo creer que me llevará al Reino de los Cielos. Puede que
mi fe no sea muy grande, pero ahora tengo fe, aunque sea del tamaño
de un grano de mostaza». ¿Se dan cuenta, por lo menos, de que son
hijos de Dios ahora? Si es así, entonces están bien. Ahora deben
escuchar la Palabra y seguir creciendo.
Aquellos que no entienden la Palabra aunque la escuchen, tienen
el corazón endurecido. Deben entender la Palabra del Evangelio en
cuanto la escuchen, y cuando sus insuficiencias se manifiesten en
sus vidas, deben darse cuenta de cómo el poder del Evangelio del
agua y el Espíritu ha salvado a la gente como ustedes. «Ah, soy
así de insuficiente y aún así el Señor me ha salvado. ¡Aleluya!
¡Gracias, Señor!»
Así es como pueden librarse de sus pecados, seguir al señor y servirle
con sus corazones limpios y nuevos. Los que poseen este verdadero
conocimiento están bendecidos y son los ciudadanos del Reino de
Dios.
Dios nos ha dado a todos la Verdad para que la entendamos. Todos
podemos entender ahora esta Verdad, si no tuviéramos corazones endurecidos.
Si dejamos de lado la maldad de nuestros corazones y los rebajamos,
podremos alcanzar este conocimiento. Si no se han dado cuenta todavía,
dejen de lado la maldad de sus corazones y sigan escuchando Su Palabra
a través de los siervos de Dios. Entonces el conocimiento de la
palabra llegará a sus corazones un día. Cuando se hayan dado cuenta
de esto, la Palabra se convertirá en su fe en la Verdad que vive
por siempre, y nunca desaparece.
Lo que descubren por sí mismos no es el verdadero conocimiento.
El conocimiento verdadero es entender los que la Iglesia de Dios
les enseña con el Evangelio del agua y el Espíritu.
Doy gracias al Señor por darnos esta Palabra sobre los misterios
del Cielo, y por ayudarnos a conocerlos con corazones puros.
Espero y rezo por que aquellos de ustedes que no conozcan los misterios
del Cielo todavía, dejen de lado su terquedad, se humillen y recen
a Dios para que les de el conocimiento de esta Verdad.
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